A LA “LUZ” DE UN TIC-TAC

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Alberto V. Jiménez Muñoz

Alberto V. Jiménez Muñoz

Eran las 8 de la tarde y un concierto de gongs, campanas y melodías sumía en una dislocada armonia, la estancia. El tiempo en aquel preciso instante se paraba para darse tiempo a sí mismo. Después, otra vez el silencio, del cual desde su oquedad, entresalía un murmullo de tic-tacs, tac-tacs, como un constante eco de la consciencia de lo finito e infinito.  Julio, que estaba reparando aquel viejo Catalina, lo dejó por un momento apresurándose a echar el cierre, para seguir en aquella pequeña estancia del taller de la relojería de anticuario, dando vida a aquellos viejos e interesantes engendros mecánicos de otrora.

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Carrillones, maquinarias Breguett, Moretz, Roskopf Patent, Ojos de Buey, relojes de rueda Catalina, como al que Julio insuflaba alma, estaban por todos lados, ornamentando mesas y paredes del recinto. Una radio de válbulas dejaba su soniquete, su murmullo al cual de vez en cuando poníamos atención.

Este que escribe, pugnaba por aflojar con cuidado, tras quitar el áncora, es decir, el muelle real o cuerda, del despertador que tenía entre manos mientras un comentario de fondo tomó vida capturando nuestra atención.

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El “Catarro”, personaje , ilustre y popular en Pucela, había muerto y la radio se estaba haciendo eco de ello. Julio y este que escribe, comenzamos a recordar, con comentarios paralelos a aquel murmullo radiofónico, quién era el “Catarro”. ¡Cuántas vidas salvo el “Catarro”, de las fauces del genio que habitaba en las profundidades del Pisuerga!. El Catarro, apodado así, era un popular barquero del río Pisuerga.  Conocía a este casi mejor que a sí mismo, cada anfractuosidad en la corriente, cada poza y lugar de probable remolino tenian impronta en la consciencia de este hombre. Tantas y tantas veces no dudó en tirarse a los brazos del río y luchar contra el genio que moraba en su interior para sustraerle aquellas vidas que quería llevarse con él al fondo, a su lecho, habidas veces que tuvo que ayudar a la Guardia Civil para encontrar cuerpos, haciendo uso de su conocimiento. Julio y yo hablábamos .

"El Catarro"

“El Catarro”

El reloj Catalina y el despertador progresaban…Yo quería ver como Julio centraba las espiras del espiral del volante del reloj que estaba haciendo…momentos de silencio y atencion, en eso rompió el silencio Julio, con su voz.  ¿Recuerdas aquel que vino con un reloj de pulsera abierto, que dijo que le había dejado de funcionar y que, él por su cuenta y riesgo, lo abrió para ver si encontraba el problema, y que nos comento que observó un pelo dentro y tiro de él para ver si era lo que daba el problema? Asentí a Julio con una sonrisa, pues recordaba el tema. Cuando por entonces Julio miró el reloj con su lente-monóculo, mientras el cliente esperaba espectante, se apercibió que al reloj le faltaba el muelle espiral en el volante y entonces inquirió al cliente que ¿dónde dentro habia visto el pelo que creyó que era el problema y por ende sacó? . El cliente señaló al volante, diciendo a la vez que lo vio enrollado y pensó que era ello lo que dificultaba el funcionamiento del reloj…anecdotas curiosas siempre hay…

Recordamos,  como Gonzalo,  el maestro, el tio de Julio, q.e.p.d., por entonces ya jubilado, quien nos habia enseñado y personalmente metido en mi sangre el arte y reparacion de estos mecanismos con alma, luchaba con un espiral enmarañado que le trajo un cliente, volviendo a recrearlo, a darlo forma, y hacer que el reloj, nuevamente tomase vida con su propia maquinaria, sin haber tenido que vulnerar su antiguedad, cambiando el espiral o adaptandole otro. Recordé otra historia que nos conto Gonzalo en cierta ocasion.

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En el barrio de Las delicias de Valladolid, vivia un hombre, algo rudo…le apodaban “El tío Cojonudo”. Este hombre habia cosido a su chaleco, unos bolsillos de cuero, a los cuales  aportó función. Por otro lado, había horadado en una pesa de romana, un agujero por donde discurriria una cuerda de yesca, y a esta pesa la añadió mediante alguien que le ayudó de alguna chatarreria o taller de entonces, digo añadió el conducto para la piedra con la rueda incluida de otro chisquero, dando lugar a un mamotreto que llamaba la atención más que por lo que tenía de artístico por la rudez y aparatosidad del engendro. Llamaba la atención, cada vez que se liaba un cigarro y sacaba su “chisquero” para encenderlo. Paralelamente, en el otro bolsillo, llevaba un Roskopff Patent de los grandes de primera generación. Cuando se acercaba a la cantina ya la gente escuchaba a unos metros el tic-tac del reloj, en los momentos de silencio. Parecía una bomba de relojería, y sin mirar ya sabían que estaba por ahí “El Tio Cojonudo” cuyo mote apropiado ganado a pulso, quedó para los anales del haber popular.

Los gongs, campanas y melodias inundaban nuevamente la estancia. Así, como sin quererlo, era la una de la madrugada, Julio habia ya empezado otro reloj y yo tras la limpieza y el olor a gasolina especial, utilizada para ello, que emborrachaba el animo, tenia ya montado ajustado y cerrado el despertador y esperaba que Julio dejase lo que tenía entre manos para mañana y abandonar el taller.

Quisiera este artículo sirva de homenaje a Gonzalo  q. e.p.d., y a la alegria y reencuentro con mi amigo Julio Durán de  los Rios, tras años y años de estar desaparecidos ambos debido a mi década de estancia en Barcelona y consecuentemente por ello  los años posteriors ya en Valladolid , y al recuerdo de toda esa vidilla, momentos, y lazos de amistad que pueden afianzarse en un taller de relojería de anticuario al “calor” del soniquete de una radio vieja.

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