Caída en picado

noticia patrocinada

El ascensor se abrió acompañado de su agudo y frívolo ‘tin’. En ese momento entró Andrés,  con el gesto fruncido, nariz congestionada y ojos vidriosos.  Sus iris estaban enmarcados por venas rojizas y un tic hacía palpitar el lado izquierdo de sus labios cortados y secos.

El buenos días de Andrés fue respondido con un lejano hola de Patricia, que miraba su móvil sin apenas percatarse en él . Escribía mensajes por Whatssap que no llegaban a mandarse por la falta de cobertura. Aquella mañana había desayunado dos tilas y cuatro valerianas. A este paso terminaría almorzando Trankimazil. Lucía una peluca rubio platino y un jersey azul a juego con sus ojeras. Los vaqueros ajustados acentuaban sus 40 kg de angustia.

Mientras el ascensor descendía, Andrés releía el diagnóstico: cáncer de páncreas con metástasis en hígado y ganglios linfáticos.

Cuando el ascensor paró con un golpe abrupto y los hizo tambalearse Patricia recordó su conversación con el doctor: camino de tres tandas más de quimio y la segunda mastectomía.

Ambos se miraron desconcertados mientras la parte izquierda del suelo se inclinaba.

– ¿Qué ocurre? –preguntó él

– Muchas cosas. Pero ahora mismo, lo que ves, encerrados en estos cuerpos y en este ascensor de hospital. Algo se ha roto y estamos colgados.-

– Me falta el aire, ¡me falta el aire! No puedo perder tiempo, necesito salir de aquí. Me muero. ¡Necesito salir! –Andrés respiraba por la boca con escuetas bocanadas, apoyaba su mano en uno de los laterales mientras con la otra mano se agarraba a su jersey, como queriendo abrir su esternón.

– Tranquilo, toma esta bolsa y respira dentro de ella, siéntate. Acabo de darle al botón. Llamaría a una ambulancia, pero creo que llegaremos nosotros antes a urgencias. –Patricia le guiñó un ojo, le acarició el pelo con voz dulce y tono maternal y le sopló suave en la cara. –. Cuéntame, ¿qué te pasa? ¿Un mal día en la consulta?

Él la observaba desde la bolsa de plástico que se inflaba como una burbuja. Se quitó la bolsa y como un niño indefenso comenzó a llorar:

– Me muero, cáncer inoperable. Me han ofrecido cuidados paliativos cuando los necesite. Me quedan días para despedirme de este mundo y no sé por dónde empezar. Ni siquiera sé a quién llamar. No tengo a nadie. ¡Y ahora estoy encerrado en un ascensor que cuelga!

– Si te sirve de consuelo, ya me tienes a mí. Aunque yo también voy camino de la tumba.

– ¿Qué te ocurre?

– Cáncer de mama y ruptura de corazón. Tengo que someterme a una segunda operación y mi querido novio no ha tenido el detalle de acompañarme a la cita. Todo un caballero. Estará por ahí con su nueva amiga, la sana.

– Lo siento.

– Yo también.  Me duele más el abandono que la enfermedad.

Desde fuera se escucharon voces lejanas:

-¿Estáis bien? ¡No os agobiéis! Ya hemos llamado al técnico, pero por favor, no os mováis demasiado. Parece que uno de los cables se ha roto.

–  La verdad que ahora no se me ocurre mejor plan que estar aquí. ¿Cómo te llamas?

– Andrés.

– Yo soy Patricia.

– Creo que encerrarme aquí es lo mejor que me ha podido pasar. Al menos he tenido la oportunidad de contar a alguien qué me pasa. Gracias.

– De nada. Pues yo creo que lo mejor que me podría pasar es no salir jamás de aquí. Se acabó, ya no quiero luchar más. Llevo meses así. No como, no duermo, no salgo. Las sesiones de quimio me van matando poco a poco. Hace tiempo dejé de vivir para luchar por sobrevivir.  La primera operación fue un shock y entre lo delgada que estoy y que van a quitarme otro pecho, solo aspiro a ser nadadora profesional.

– Perdona, ¿nadadora profesional?

– Sí, nada por delante, nada por detrás.

Las cejas de Andrés se alzaron y sus ojos salieron discretamente de sus órbitas. Sonrió mientras se preguntaba admirado cómo alguien en la situación de Patricia podía plantarle cara a la vida con ese humor ácido. Quizás era su careta, la única medicina que anestesiaba su dolor, su arma contra el miedo que acechaba las noches de insomnio o la rebeldía ante una injusticia tan cruel como una célula que muta para acabar con su dueño.

-¿En qué piensas? – Preguntó ella con voz baja, como quien pregunta por un secreto.

-En que acabo de perder el miedo a la muerte. De hecho, para morir en tres semanas dolorido y solo en mi cama, lo haría ahora mismo junto a ti.

-Ya me dirás tú cómo lo hacemos.

-Siendo rebeldes, nos han dicho que nos movamos poco, hagamos lo contrario. –

Andrés se incorporó, aspiró una gran bocanada de aire y movió el cuello como quien se prepara para una pelea.

-¡Saltemos pues! Aunque con mis 40 kg poco voy a conseguir. Pero, ¿y los sistemas de seguridad del ascensor?

-No te preocupes, tenemos tan mala suerte que seguro que no funcionan. Con este suicidio tendremos el protagonismo que nunca nos darán las estadísticas de la Seguridad Social.

-Vale, vamos a saltar fuerte, pero dame la mano. Muera o sobreviva quiero estar agarrada al calor de tu piel. Nunca he querido vivir con nadie y de repente solo quiero morir junto a ti.

Cerraron los ojos y contaron cogidos de la mano: tres, dos, uno….

                                                                      Carmen Guerrero

Cosas de un Pueblo no se hace responsable de los comentarios vertidos en la web. Todo usuario que comente por primera vez pasara por un control de aceptación.

1 Comentario

  1. José Angel dice:

    Me ha gustado mucho. Me ha sabido a poco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de privacidad, pinche el enlace para mayor información

ACEPTAR
Aviso de cookies