Coleccionismo

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Alberto V. Jiménez Muñoz

Si algo distingue a las sociedades humanas de las sociedades de otros seres, es la capacidad de generar una cultura, la cual de manera anexa a ella dará lugar a una tradición, que por ende en el devenir de los tiempos se irá modulando a través de un lenguaje de signos, símbolos, reglas, etc., creando una subliminalidad y dando lugar a un entorno de elementos y modo de vida con el que nos iremos identificando desde que nacemos, y en el que en base a su simbología vertebrada por la tradición, se crean afinidades. Otra característica que nos distingue es la capacidad de ordenar, clasificar, percibir diferencias y sacar conclusiones, para estas poder utilizarlas para algún fin posterior.

Mi intención es hablar de coleccionismo, donde casi siempre confluyen estas dos características que he enunciado anteriormente y donde los elementos suelen tener que ver con ese acervo cultural que nos identifica.

Como coleccionista que soy, en bastantes ocasiones me pregunté, sobre qué es lo que se puede coleccionar y sobre el por qué del hecho de coleccionar. Las colecciones pueden ir desde monedas, sellos, postales, comics, libros, miniaturas, coches, llaveros, gorras, latas de cerveza, o como este que os escribe, radios antiguas, relojes, antigüedades, música…

Por otro lado, está, como me refería anteriormente al por qué del hecho de coleccionar y llegue a la conclusión de que existían varios factores los cuales lo satisfacían:

-El gusto por el objeto en sí, así por ejemplo a aquel que le gustan los coches, trenes, podrá coleccionarlos, si su poder adquisitivo no da para la escala real (como es lo común y general), podrá llevar su sueño a la realidad mediante la colección de miniaturas detalladas a escala, sobre los objetos reales.
-El gusto por la relación del objeto con una afición. ¿Quiénes no hemos coleccionado cromos por el hecho de ver a nuestros ídolos del fútbol, o relacionados con diversos temas, biología, botánica, historia?…Aquellos álbumes que se repartían en las entradas de los colegios, recuerdo uno que me fascinó en mi niñez aquel Cromhistoria o aquel de Botánica de la ya desaparecida editorial Maga.

-Gusto por el objeto como un emblema de un tipo de sociedad, o como símbolo representante de un tiempo, en el que por su uso generalizado lo hacía menester de la sociedad de ese momento. El hecho de coleccionar monedas, ya no es tanto por la moneda en sí, sino va más allá. Tras su impreso relieve nos introducimos en un momento de la historia, con sus reglas, bagajes y personajes, y la propia moneda parece tomar vida como parte de esa historia. Lo mismo pasaría con el reloj como menester de una sociedad, aquellos “relojes catalina” de bolsillo, para darles cuerda tenía su dueño, que introducir una llave, a modo de aquellos juguetes de cuerda, y para ponerlo en hora, el cristal se separaba mediante un bisel dejando la esfera a la intemperie a fin de que pudiéramos incluso ponerlo en hora moviendo las manillas con los dedos, aunque la misma llave valía para ello. Las radios antiguas otro enser que responde a este factor.

-Gusto por el objeto por el significado que tiene para uno mismo. Es como decir aquello de “la banda sonora de tu vida”, el objeto representa un evento significativo, o evoca el recuerdo de alguna persona querida, etc.

-Gusto por el ambiente de intercambio. Conozco algunas personas que independientemente de que les pueda o no gustar una colección (en este caso el vector son los cromos) les gusta todos los domingos encontrarse con otros coleccionistas de siempre, motivados por el mismo fin, en un lugar de una ciudad que utilizan tradicionalmente para reunión de intercambio, lista en mano de los cromos que faltan, ya sean estos pretextos para la reunión tradicional matutina dominguera, y después la cañita de cerveza.

Curiosamente, estos factores se pueden entremezclar en el sentir del coleccionista. Lo que también es curioso que este fenómeno se puede constituir en una adición,  personalmente conozco personas que  coleccionan  colecciones, valga la redundancia, es decir siempre hay “un palo nuevo de la baraja” al cual adherirse para seguir coleccionando, u otras personas que aunque están sólo a un “palo de la baraja” nunca se ponen un límite, con lo cual nunca tendrán tiempo de disfrutar de su colección, ya que el tener un sinfín de artículos y seguir adquiriendo, implica disgregarse mucho en todos sin poder disfrutar en profundidad de una “representación” de ellos. Apelo a la psicología para que nos explique más en profundidad, este tipo de comportamientos.

Anecdóticamente comencé a coleccionar receptores de radio antiguos motivado por mi afición a la electrónica desde muy niño y a la radio tanto a nivel técnico, como a lo que se “cuece” dentro de ella. El impulso principal fue el que muchas noches y amaneceres, al abrigo de esta sierra nuestra, la “Sierra de Malagón” la abuela de quien os escribe, empedernida radioyente, con su Sanyo 6C-11, me inculcaba más profundamente, el aprecio por esos buenos programas…Recuerdo todas las mañanas oír a Enrique Dausá, Rigoberto Ferrer Álvarez y a Carlos Peñaloza (de Mundo noticias Inter) departiendo las noticias con la hora exacta minuto a minuto en aquel “Radio Hora” de Radio España…Una de mis receptores de radio preferidos es como adivinaréis  el Sanyo 6C-11, porque es algo así como la banda sonora de mi vida y recuerdo a mi querida abuela, a esta zona que enmarca a las Navas del Marqués y Navalperal de Pinares, aunque representa también un momento de la vida en que la sociedad se apoyaba entre otros en este aparato para servirse de las delicias de ese mundillo que hay tras él, y el gusto por el aparato en sí mismo, como veis confluyen varios puntos.  Por otro lado, aunque siempre es bien recibido un receptor nuevo, creo que tengo un contingente representante de parte de la historia, y he parado para poder disfrutar de él y no difuminarme en la “infinita” diversidad de aparatos. Igual decir para relojes y linternas.

Un buen día, de aquellos en que por motivos laborales me encontraba viviendo en Barcelona, quise obtener una serie de números representativos de aquella revista “Selecciones del Reader’s Digest”, pero de finales de los 50, para ello fui a uno de los “rastros” sito en “L’Hospitalet de Llobregat” y adquirí un lote de cinco…En una de ellas, la foto de portada ya envejecida y algo rasgada, me era familiar. Más tarde en casa, y ojeando más detenidamente, me dejaba perplejo la belleza del lugar, el número correspondía a junio de 1959, parecía que ya hubiera estado allí mil veces, cuando leí el pie de foto, este rezaba “Lago de la Ciudad Ducal”, nuestro lago, ¡caramba!, ¿las casualidades paradójicamente las forja el destino?, Sea de la manera que fuere siempre tendré el paraje real para deleitarme y pensar, pensar…

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