Confinados Ilustres II:

 

Vidas enigmáticas                                            

     Massachusetts, 1860. No hay nada más atractivo que los enigmas no resueltos. Todo lo que se averigua, todo lo que se consuma, decepciona.

Emily Dickinson nació en Amherst, Massachusetts, en 1830. Su padre era juez. Su madre, enferma, quedó al cuidado de las dos hijas, Emily y Lavinia.

De mala salud, como su madre, a Emily le atraía más convivir con sus ensoñaciones que conocer gente. En la academia de Amherst estudió con aprovechamiento historia, literatura y lenguas clásicas. Después se matriculó en el seminario para señoritas Mount Holyoke, donde recibió formación religiosa.

Desde muy joven escribía versos, pero no se los enseñaba a nadie, o a casi nadie. Una excepción fue su amiga (de las pocas que tuvo) Helen Hunt, quien enseguida apreció el potencial literario de Emily. La amiga -también escritora-intentó una y otra vez que publicara sus poemas. Emily se negó. Un día, para que Helen no se enfadara, accedió a publicar unos versos en una antología, si bien lo hizo de forma anónima. Posteriormente aparecieron -sin su consentimiento- cuatro poemas en un diario local. Alguien la traicionó.

Siempre vivió en la casa familiar, al cuidado de sus padres. De vez en cuando veía la luz del sol, pero poco. A partir de los treinta años espació las salidas y redujo la admisión de visitas. Por la casa vestía de blanco, siempre de blanco. Un día, todavía en la treintena, se recluyó en una habitación. Quince años sin ver a nadie. ¿Por qué?

Cuando murió, su hermana Lavinia anduvo fisgando por la habitación. Encontró ochocientos poemas, casi todos de amor.

El asesinato de Lorca, el crimen de la calle Fuencarral, la explosión del Maine, la vida de Emily Dickinson, cuatro acontecimientos revestidos de misterio. Todo lo que dispara la imaginación nos atrae. Lo que no nos atrae son las evidencias de perogrullo: dos y dos son cuatro y seis media docena.

Ahora bien, el peligro de los enigmas surge cuando se desvelan, pues en la mayoría de los casos los resuelve el dos y dos son cuatro. Rafi Escobedo ¿el asesino de los marqueses de Urquijo? Pues sí. ¿Y nada más? Nada más. Algo más habría, ¿no? No, no hubo nada más.

Hubiese sido más entretenido que estuvieran metidos de por medio los hijos, el mayordomo y el conde Drácula, pues Rafi Escobedo era un muermo, el antiorgasmo de la imaginación. Pero el dos y dos son cuatro -desgraciadamente- se suele imponer.

Dejemos sin resolver el enigma Dickinson. Es lo que la mantendrá viva por los siglos de lo siglos.

 

   Alepo, Siria. 388 d.C. La historia de Simeón el Estilita confirma la famosa frase de Rafael el Gallo: “Hay gente pa tó”. De niño acompañaba a su padre en las labores de pastoreo. A los quince años ingresó en un monasterio, pero eran tales los rigores a los que él mismo se sometía que los monjes -incómodos con aquellas extravagancias- decidieron expulsarle. Probó a vivir en un bidón; la gente iba a verle y le incomodaba; se refugió en una choza, pero la gente averiguó donde estaba la choza y le hablaba y le pedía consejos. Entonces mandó que le construyeran una columna de tres metros de alto con una pequeña plataforma al final. Sus admiradores, desde abajo, le preguntaban. Mandó construir otra más alta, de diez metros, y una tercera, de quince, que fue donde se instaló definitivamente. Mediante una polea le daban de comer y beber; durante la Cuaresma ayunaba. Su ascetismo, como no podía ser menos, se propagó por toda Europa. El emperador bizantino Teodosio II viajaba hasta la columna y le voceaba para que le asesorara en las grandes decisiones. A Simeón le salieron muchos imitadores, pero ninguno consiguió tanta fama.

De cuando en cuando se dignaba predicar desde las alturas, a condición de que no estuviese ninguna mujer, ni siquiera admitía la presencia de su madre. Fue el inventor del cilicio y posee el récord de días si comer, exactamente cuarenta y cuatro.

Cuando le visitó la parca, mediados de septiembre del 459 d.C., sus restos mortales fueron bajados de la columna y troceados debidamente (al igual que ocurrió con Santa Teresa de Jesús y otros muchos santos). Antioquía y Constantinopla se disputaron las cotizadas reliquias, pues con ellas se realizaban pingües transacciones comerciales.

Luis Buñuel, en 1965, filmó Simón del desierto, una particular recreación del personaje.

Tomás García Yebra

 

 

 (continuará)

Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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1 Comentario

  1. Ines Berni dice:

    Qué interesante estos personajes extravagantes que existen desde tiempos remotos !
    En estos días es difícil entender el confinamiento voluntario, aún cuando nos guste leer o escribir.

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