Confinados ilustres

 

Nuestro buen amigo Tomás Garcia Yebra, nos regala estos días una sección de “Confinados Ilustres”, a lo largo de la Historia.

Os dejamos la primera entrega.

Cosas de un Pueblo.


A lo largo de la historia hubo confinamientos de diversa índole: los obligados a causa de asedios, enfermedades, deportaciones, exilios…, y también voluntarios, como los de los monjes, los anacoretas, los poetas y los solitarios de todo tipo y pelaje.

Veamos.

 

 Florencia, 1348. La ciudad está devastada por la peste negra, una pandemia que nació en Asia, llegó al puerto de Mesina (sur de Italia) a través de unos marineros y se propagó por toda Europa, excepto Islandia y Finlandia. Se estima que entre 1347 y 1353 fallecieron más de 30 millones de personas, un tercio de la población europea.

En Florencia, un grupo de personas de buena posición (siete hombres y tres mujeres) se refugian en una villa a las afueras de la ciudad. Allí pasan el tiempo contando enredos de amor (algunos procaces), cuentecillos humorísticos, historias de los reveses de la vida, alegorías morales… Una de esas personas se llama Giovanni Boccacio, refinado humanista de treinta y cinco años de edad. Enamorado del amor, le gusta escribir y toma nota de lo que allí se relata. Aquellos festivas jornadas (para los habitantes de la villa) fueron el germen del Decamerón, una de las grandes cimas de la literatura universal. Cien historias -entre cuentos y relatos cortos- que documentan la forma de pensar y de vivir de aquella época.

La obra comienza con una referencia a los efectos de la peste. “Cuántos hombres, cuantas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos -a quienes Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos- se desayunaron con sus parientes y, llegada la tarde, cenaron con sus antepasados en el otro mundo”.

El agente transmisor de la peste negra (también llamada ‘bubónica’ por los pestilentes bultos que sobresalían de la piel) eran las pulgas de las ratas y los ratones. Casi todo el mundo, en el siglo XIV, tenía granero en sus viviendas, por lo que era frecuente la convivencia del hombre con los roedores.

La bacteria yersinia  pestis -como cuenta Bocaccio- causaba estragos en cuestión de horas.

 

Toledo, 1576. Los carmelitas andan revolucionados. La reforma emprendida por Santa Teresa divide a la comunidad. Los hay que no quieren que nada cambie (regla relajada) y los hay -con Santa Teresa a la cabeza- que desean volver a la antigua observancia: más pobreza, más austeridad, nada de carne y caminar sin sandalias (de ahí ‘carmelitos descalzos’). Uno de los que secundan a la monja andariega es San Juan de la Cruz. Poco a poco la grieta entre ambas facciones se va a hacer insalvable.

El dos de diciembre de 1576 un grupo de carmelitas de la vieja guardia se presentan en la casa abulense del poeta. Le comunican que les tienen que acompañar. En un carruaje le llevan a Toledo y le encierran en un monasterio durante nueve meses (hasta que se escapa). Los carmelitas inmovilistas deseaban abortar la reforma, pero no lo conseguirían.

San Juan de la Cruz no tenía papel ni pluma en la celda donde le confinaron, pero tenía memoria, una memoria de elefante. En esos nueve meses ‘creó’ y memorizó las primeras treinta estrofas de su Cántico espiritual, obra cumbre de la mística española.

 

Lisboa, 1929. Un hombre menudo, de expresión triste, camina por el Chiado. Él se fija en todo, pero en él no se fija nadie. Esconde la mirada, rehuye el contacto. Pocos le han visto sonreír. Es Fernando Pessoa, un poeta que murió sin apenas reconocimiento y que su país, Portugal -andando los años-, le honraría trasladando sus huesos desde el humilde cementerio de Prazeres hasta el monasterio de los Jerónimos, en el lisboeta barrio de Belém, donde descansan junto a Camoes y Vasco de Gama.

Con una incapacidad -diríamos que patológica- para relacionarse, Pessoa comenzó a inventar heterónimos (desdoblamientos de su yo), que no son otra cosa que una prolongación de los amigos invisibles de la infancia. Sus amistades más profundas -Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares- son recreaciones de sí mismo. “Con una falta tal de gente con la que coexistir, ¿qué puede hacer un hombre de sensibilidad sino inventar a sus propios amigos?”.

A los 31 años conoció a Ofelia Queiroz, la única aproximación femenina de su vida. Fue una relación más epistolar que carnal. Pessoa firmaba cada carta con un heterónimo distinto. La chica, para no acabar loca, terminó cortando la relación. De todos los heterónimos que utilizaba el escritor portugués, a quien más odiaba Ofelia era a Álvaro de Campos.

“Toda mi vida gira en torno a mi obra literaria y todos tienen que convencerse de que soy así, de que exigirme sentimientos -que considero muy dignos, dicho sea de paso- de un hombre común y corriente es como exigirme que sea rubio y con los ojos azules”.

Su obra más célebre, El libro del desasosiego, tiene una estructura fragmentaria y está formado por reflexiones, divagaciones, poemas, apuntes filosóficos, aforismos, un totum revolutum que refleja el alma de uno de los seres más solitarios que han habitado la tierra.

Pessoa murió a los 37 años con el páncreas dando palmas a causa del alcohol.

 

 

Tomás García Yebra

 

 

 

 

 (continuará)

 

Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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Respuestas

  1. Ines Berni dice:

    Muy interesantes estos casos en épocas y circunstancias muy diversas. El de San Juan de la Cruz es muy impresionante, sólo alguien excepcional puede mantenerse de pié y dar una obra tan magnífica en esa situación… me ha conmovido.
    Bienvenidos estos flash de la historia de los confinados . Felicidades a Tomás G.Y.

  2. Antonio Sanjuán Ramirez dice:

    Un pequeño repaso a la historia de confinados viene muy bien en estos días de encierro.
    Estoy deseando leer los próximos capítulos y que personajes se incluyen.
    ¡Animo Tomas!

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