Confines


Confines

Confinar es enviar a alguien a los confines de un territorio, a la parte más alejada de su centro vital, al lugar donde el reino termina y comienza lo extraño, lo bárbaro, lo extranjero.

La vida es una peripecia, un viaje que nos lleva, como al Temido de Espronceda, del uno al otro confín. El finisterre de cualquier tierra, el límite de un océano que se mezcla con el de otro solo en los mapas y cartas marinas, porque mar océana no hay más que una.

Escribía Cayo Legus, el Triste, hermano del no menos lúcido tratadista Ticiano Legus, que “nada hay más gravoso al alma humana que el destierro, nada que infunda más pavor que la física separación de un hombre de su familia con la certeza de que ésta seguirá viviendo y aquél empezará a morir en tal confin, por causa de tal conocimiento”.

Cualquiera que haya sentido emoción se representará de manera más terrible esa vivencia que la de la propia muerte, porque al menos esta última pone final al destino, por trágico que pueda ser el desenlace. Lo otro es un agonizar largamente en vida sin tierra, sin familia y sin nombre. En la isla de Alair (o islote, por mejor decir), a unas treinta millas de la costa de Anzio, se recibía en la época de Plinio Apuleyo a los desdichados que sufrían condena de confinamiento o destierro.

Convenían los tétricos encargados de esa tierra baldía en que había un añadido particular de ese destino maldito que terminaba de convertir en neblina la memoria de los reos: se les despojaba de su nombre, a la vez que se prohibía a los guardias, bajo pena de muerte, dirigirse a ellos con palabra distinta del “tú”.

En palabras de Domiciano Tulio (filósofo y senador de Roma, hermano de un notable desterrado), en una carta a la alta magistratura pretoriana que se conserva, curiosamente, en el Museo Arqueológico Nacional en la calle Serrano de Madrid:  “Sumábase a aquello la circunstancia de que el condenado no conocía la extensión de su condena, siéndole ignoto el tiempo en que el desdichado habría de permanecer arrojado al olvido y a la nada”.

La incertidumbre, el limbo del tiempo, la pérdida del nombre sin posibilidad de adquirir uno nuevo, la lejanía y la aridez extrema del trozo de tierra de Alair se percibían por el pueblo de Roma como un castigo llevadero. Por su lado, algunos hombres de la cultura, de leyes, los filósofos y los bondadosos representantes del credo de Arius, dios romano de la memoria, compartían la certeza de que la pena era terrible, de que el cuerpo humano puede recuperarse del dolor, pero (otra vez son palabras de la carta de Domiciano Tulio) “tanto como el contacto del alma de un hombre con el mundo real es el nombre que se le dio al nacer, el espíritu de su familia y la protección de los daemons de su tribu. Privándolo de su nombre cercenamos el hilo de la identidad, la estacha que mantiene el barco a segura distancia de su atraque en el puerto de abrigo. Sin su nombre, se convierte el hombre en diminuta nao expuesta a los embates del mar”.

La muy comprensible pena del senador, por mor del confinamiento de su hermano, le llevó a proponer una reforma legal, que permitiera a los poquísimos acusados de crímenes que llevaran aparejado el confinamiento en Alair, contar con una defensa especial en tribunales.

No le acompañó la fortuna en el intento, y murió el jurisconsulto romano sin ver su propuesta aprobada y sin volver a ver a su hermano, del que solo le dijeron que vagaba desnudo por el islote susurrando el nombre de su única hija.

Para la historia queda la llamada Previa Consideración que contiene el Libro de las Siete Partidas de Alfonso X. El sabio rey ordenó que se mencionara expresamente el nombre de Domiciano Tulio, reconociendo la justicia de su propuesta y afán. Con tal propósito, estableció en la Ley Novena de las Siete Partidas que “tanto el pobre que litigase con un rico como aquél que fuere acusado de crimen con pena de destierro puedan nombrar un defensor tan poderoso como el más acaudalado de los ciudadanos”.

Todo esto, aun mediando el transcurso de dos mil años, nos ha de resultar cercano.

 

                                                                               David P. Gale

 


Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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Respuestas

  1. Farnelo dice:

    Quién es el autor?
    Arriba aparece MagoBlanco, pero en la firma aparece David P. Gale.

    • Mago Blanco dice:

      El autor es quien firma el artículo, lo de “arriba” como usted dice es el redactor que la publica.
      No pretendemos quedarnos con la autoría.
      Para la publicación hay que atribuir a un autor , y quien lo escribe no tiene perfil de redactor en el periódico, como bien sabes querido David P. Gale.

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