Deambulador solitario III: Portazos

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Portazos

    Llevaba una vida monótona, sin trabajo, a pesar de las numerosas entrevistas a las que acudía. Tenía unos pocos amigos, no obstante sentía vergüenza de salir con ellos, pues yo no había encontrado trabajo; ellos sí habían sido seleccionados para una temporada. Esto no me desanimaba y me seguía preparando y buscando; ¡quería cumplir con mis obligaciones!.

Lo chocante -me parecía- era que con la demanda laboral y el currículo que se exigía para comprobar la capacitación, bastara unas palabras -como descafeinadas- y luego te agradecieran que te hubieras molestado. Estos interviús deben ser muy importantes, pues se con ellos se selecciona al personal, pero a mí -no sé- siempre me despachaban con rapidez:

-No está mal, pero comprenda que hay muchos candidatos y hay que hacer una selección -decían algunos diplomáticamente.

-Sí, pero ¿qué le ha parecido?; me gustaría saberlo par irme con alguna idea, o ¿sigo buscando por otra parte? -preguntaba yo, más o menos.

-El proceso es largo; disponemos de sus datos; si sale algo le avisaremos -proseguía parsimoniosamente- No se preocupe; por favor cuando salga que pase el siguiente.

En otra ocasión:

-Mire, Ricardo, su curriculum está bien; no obstante, considere que al empresario le interesa savia joven -me dijo una atractiva señorita con muy buenos modales-. Y, ahora, haga el favor de salir por la puerta y avise  siguiente.

Para mis adentros me preguntaba si me estaba llamando armatoste; también me preguntaba si los cursos impartidos por la agencia de empleo eran para rellenar tiempo ocioso y no valían para otra cosa.

La agencia de empleo dio otro portazo a Ricardo.

Estaba mirando el tablón de los anuncios cuando empezó a consultar en la misma lista que yo; tomó unas notas y fue a que le sellaran la demanda. Yo me dirigí a un amiguete, Juanjo -que trabajaba allí-, quien me dio la dirección de una empresa

Al día siguiente tuve que volver a ir a la oficina y me encontré otra vez con aquella señorita, a quien había visto, y me dirigí a ella

-¿Qué tal le ha ido, señorita?

-Me han contratado y traigo los papeles para que me den el alta -respondió-; y ¿a usted?

-Me puede llamar Ricardo; fui a las señas que me dieron y encontré un solar abandonado y tapiado.

-¡Qué extraño, ¿no?; habrá sido una confusión, ¿no cree? -dijo-. Yo me llamo Sofia; tendrá que buscar otra oferta; el trabajo no va a ir a buscarle -prosiguió.

-Claro -dije yo.

-¡Fíjese!, ayer tuve una suerte -comentó, sorprendiéndome-; me tocó el reintegro del cupón apuesta y acertarás.

-Sí, pues yo de suerte nada; llevo no sé cuantas entrevistas. . . , y ¿para qué quiere usted contar?

-Le daré las señas de dos empresas donde necesitan personal; yo ya fui, pero luego vine a ver si aquí encontraba otra oferta mejor, y ya lo creo que la he encontrado.

-Se lo agradecería mucho, Sofia

Y conseguí un contrato renovable por cada seis meses, durante tres años.

 

Pluma de Apache

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