Deambulador solitario: Pistas de su existencia

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Desde el taller de escritura de mi querido amigo Tomas Garcia Yebra, nos llega un nuevo colaborador, “Pluma de Apache”.

“Pluma de Apache”, nos trae un diario muy curioso, un poco triste, un poco críptico, un poco misterioso…

‘Deambulador solitario’ será el título global y cada capítulo tendrá el suyo propio, hoy comenzamos la serie con ‘Pistas de su existencia’.

Bienvenido a nuestras páginas y gracias por contar con nosotros para mostrar tus escritos.

Cosas de un Pueblo.


Pistas de su existencia

Era un hombre, se llamaba Ricardo, tenía una altura de 1,65; andaba despacio con pasos cortos; a veces parecía arrastrarlos, sin prisa alguna por llegar a algún lugar.

La tez morena de su rostro se oscurecía cuando llevaba varios días sin afeitarse; su frente arrugada mostraba la indolencia de las preocupaciones y problemas cotidianos que le pesaban en su memoria.

En la comisura de la boca llevaba un cigarrillo de caldo, envuelto en papelina; papelina que se iba moteando con la picadura. El monumental cigarrillo se le iba curvando al recorrer pueblo tras pueblo …, y él persistía mientras el cigarrillo se disipaba.

Vestía chaleco sin apariencia, haciendo conjunto con el pantalón, también oscuro; la boina, lo más clarividente, era grisácea, lo que le daba un aspecto contrastado; y sus zapatos, medio ocultos bajo la ropa, apenas se veían. Y estas eran las pistas de su existencia.

Andaba por callejuelas de su pueblo, por los caminos rurales, recorría las pequeñas aldeas circundantes, y siempre buscaba algo o alguien, sin saber por qué. En su ciudad natal no hallaba la convivencia que anhelaba de sus congéneres,  la vida social que deseaba compartir con ellos.

Las circunstancias le habían enseñado a callarse, a sonreír, a llevar su cabeza inexpresiva; el trasiego de palabras, las falsas ilusiones, las engañosas promesas y unas esperanzas oprimidas, le habían obligado a buscar y buscar … hasta cansarse, incluso con saña un día y otro, con gran paciencia.

En el único local de diversión se dejaba notar el chismorreo cotidiano, la huella popular. Llegaba cuando los demás se recogían en sus casas … pero él entonces gozaba de su soledad: ya vendrá la mañana cuando esta noche se vuelva a ir.

Y en la tasca dejaba descansar el cigarrillo, pedía lo habitual, un sol y sombra, y lo saboreaba mientras miraba a algún lugar remoto y revolvía en algún recóndito pensamiento…, alejado del alicaído cigarrillo.

Y al terminar la copa pagaba y se despedía cortésmente; se encaminaba a su casa aislada y arruinada…; el cigarrillo se consumía con el poco humo que le quedaba.

Pluma de Apache. 

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