EL CAMINO

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“Josezno Raven” nos muestra de nuevo su enorme talento, recogiendo dos fragmentos de los maestros Antonio Machado y Pablo Neruda, para construir el relato más oscuro y claustrofóbico que jamás ha hecho, pero magistral una vez más.

Cosas de un Pueblo.


“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Y cuando empiezas a andar, caminas desnudo sobre un sendero liviano, nunca tropiezas con ninguna piedra porque no hay; y si aparece alguna la esquivas siempre, porque vas flotando sobre una burbuja que te sirve de guía. Pero el camino es muy largo y la burbuja empieza a perder aire y tus pies empiezan a notar el rozamiento de la arena sobre sus plantas. Al principio solo es un ligero cosquilleo porque pisas arena muy fina, es una arena húmeda cuyo olor evoca al del mar; tus pequeños patucos apenas notan nada. Miras a derecha e izquierda y ves a ambos lados la bifurcación de un río que ha venido a morir y tú lo sigues contracorriente porque quieres vivir. Ya no vas desnudo, pero sigues yendo ligero de ropa, antes de darte cuenta has empezado a cargar con una mochila a tu espalda, no pesa mucho aún. Miras de nuevo a tú alrededor y el río empieza a ser más caudaloso mientras tu camino se estrecha. De repente, la pendiente se inclina levemente y empieza a costarte andar, al principio puedes con ello, pero a medida que avanzas, el camino se hace cada vez mas tortuoso, la mochila a tu espalda empieza a pesar, los pies poco a poco van magullándose con el terreno que pisas, que cada vez es más gravoso y el río se entremezcla ya en tu caminar. El camino se inclina ahora fuertemente y ya te cuesta ir contracorriente, la fuerza del río supera ya el ímpetu de tus pasos. Tus pies llenos de cicatrices ya no pueden más pero haces un último esfuerzo para coronar la cima de la montaña donde el río nace y donde tú mueres. A medida que vas llegando a la cascada, el agua te golpea con tanta fuerza que cuando crees avanzar en realidad solo estás retrocediendo, pero tú sigues el camino porque no hay otro; das dos pasos, retrocedes cuatro. Lo has intentado pero no puedes más, la mochila ya es una carga muy pesada y tus fuerzas han llegado a su fin. Decides deshacerte de la mochila pero ella no lo acepta y se revela, arrastrándote hacia la corriente. Te resignas y dejas tu destino a su suerte, ya no hay fuerzas para luchar más y te lanzas al vacío, la corriente te arrastra. Cierras los ojos y esperas tu final.

El camino

Y de repente el silencio. Y la oscuridad. Te levantas y estás desorientado, miras a tú alrededor y no ves nada,  pero decides seguir caminando porque no tienes más opciones. Das un paso al azar y sientes un dolor extremo que te impide continuar. Las heridas de tus pies están en carne viva. Cuando tu vista se acostumbra a la oscuridad, miras hacia delante y puedes vislumbrar una luz, y al fondo, muy al fondo, una mano que quiere coger la tuya pero que nunca la alcanza. Haces un esfuerzo más para llegar a esa mano y poder salir de la pesadilla, pero cuando casi la has alcanzado tropiezas y te golpeas la frente con el suelo y empiezas a notar como la sangre fluye por tu cara; es cálida y sabe amarga, desciende a través de todo tu cuerpo mientras va quemando tus heridas como si de un ácido se tratase, pero es mucho peor que un ácido: son los fantasmas de tu pasado que han salido de tu mochila y te intentan ahogar. Te cuestas respirar y apenas puedes moverte, tus fantasmas ahora son cadenas que te atrapan y te hacen prisionero de tus recuerdos. Intentas zafarte de ellos para volver a alcanzar la mano amiga que ahora parece estar a mucha mayor distancia, pero te resulta imposible avanzar. La carga es ya muy pesada. Te estiras contorsionando tu cuerpo de tal forma que tus músculos empiezan a desgarrarse y se rompen. No te queda otra que dejarte media vida atrás para poder seguir adelante. Ya casi alcanzas de nuevo la mano, pero al dejar tanto por el camino, has menguado de tal forma, que te sientes como una pequeña hormiga que va a ser aplastada. Rozas la mano con tus dedos pero cuando estás a punto de cogerla al fin, vuelves a caer de bruces y te golpeas de nuevo la sien provocando que las heridas se agraven. Te pones en cuclillas. Desde el infinito solo eres ya un átomo en el mar de la oscuridad. Gritas para hacerte oír, gritas como nunca lo has hecho antes, pero desde el infinito apenas produces un sonido imperceptible. Te das por vencido. Estás desesperado. Vuelves a mirar a tu izquierda y te vuelve a responder el vacío; miras a tu derecha y lo mismo. Quieres llorar pero ya no te quedan lágrimas, así que gritas de nuevo, pero ésta vez lo haces con tanta fuerza que consigues romper la oscuridad y el silencio como si de un cristal se tratase. Durante un instante se para el tiempo. Y de repente, vuelve la luz y el aire entra en tus pulmones como un torrente mientras respiras profundamente. Miras hacia el cielo y notas el agua de la lluvia sobre tu rostro; tus heridas han sanado. Has muerto otra vez, pero ahora, ya eres invencible.

PD: Uno hace lo que puede pero jamás podrá rozar a los maestros: “Por eso te hablaré de estos dolores que quisiera apartar, te obligaré a vivir una vez más entre quemaduras, no para detenernos como en una estación, al partir, ni tampoco para golpear con la frente la tierra, ni para llenarnos el corazón con agua salada, sino para caminar conociendo, para tocar la rectitud con decisiones infinitamente cargadas de sentido, para que la severidad sea una condición de la alegría, para que así seamos invencibles.”

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