EL HOMBRE AL PIANO

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Tenemos el gusto de presentar uno de los capítulos del que será el primer libro de nuestro querido amigo Joseba Amigo “Lagrimas de sangre”.

Todo un orgullo ser el primer medio en “presentar” la obra y desde ya te deseamos todos los éxitos posibles con ella.

Cosas de un Pueblo.


El capítulo que vais a leer a continuación está inspirado en las canciones “WHEN THE CROWDS ARE GONE”, “BELIEVE”, “ALL THAT I BLEED” Y “ALONE YOU BREATHE” de SAVATAGE y está dedicado íntegramente a la memoria del que fuera su eterno guitarrista Criss Oliva, ayer que se cumplieron 25 años de su fallecimiento. El capítulo pertenece a la obra “Lágrimas de Sangre” que será publicada en breve. Jamás fue mi intención publicar nada de esta obra previamente a su publicación, pero la efeméride de ayer justifica que haya roto con este pacto interno. Espero que lo disfrutéis tanto como yo me dejé el alma escribiéndolo.

 

EL HOMBRE AL PIANO

Hay veces que el camino que seguimos a lo largo de nuestra vida sigue el mismo patrón que cuando escribimos una carta de despedida: al principio, la tinta se posa sobre una hoja en blanco que no presenta tara alguna y los trazos son alegres y vigorosos, pero a medida que vamos creciendo, vamos equivocándonos una y otra vez y vamos tachando aquellas líneas que no nos gustan, hasta que, finalmente, la carta queda tan deteriorada, desfigurada y hecha jirones, que terminamos deshaciéndonos de ella, abandonándola en un buzón cualquiera.  

Cuando nací, supe que tenía un don y que debía mostrárselo al mundo. Ya desde niño, entendía la música con tanta claridad, que lo que eran códigos indescifrables para el resto de los mortales, para mí, eran simples ecuaciones de sencilla solución. Era tal la celeridad con la que mi cerebro procesaba todas aquellas notas en los pentagramas que, de manera inmediata, eran transformadas en música dentro de mi cabeza, de forma muy similar a cómo los más grandes matemáticos o físicos se enfrentaban a aquellas enormes cadenas de incomprensibles ecuaciones, sabiendo de antemano cuál era la solución.

La única persona que se percató de este don fue mi viejo maestro, Don Alexander Popovic, quién se encargó de pulirlo hasta conseguir convertirme en lo que, con el paso de los años, he llegado a ser: el mejor pianista de todos los tiempos; de todos los tiempos habidos y de todos los tiempos que están por haber.

Nunca hubo nadie como yo y pasarán siglos hasta que la humanidad vuelva a ver algo semejante, ya que, a lo largo de la historia, solo hubo un músico que tuviera una cualidad medianamente parecida a la mía: se llamaba Ludwig Van Beethoven y murió en 1827. Sin embargo, el don de aquel pianista no fue innato como el mío, ya que fue desarrollándose a lo largo de su vida a causa de su incipiente sordera. Tristemente, y a pesar de su incuestionable grandeza, su talento y el esfuerzo que dedicó a la música durante toda su vida, la historia lo colocó injustamente a la sombra de sus antecesores Wolfgang Amadeus Mozart y Johann Sebastian Bach, conformando la terna de leyendas musicales más grandes de todos los tiempos.

Pero hoy, la historia cambiará y todos ellos quedarán relegados a un segundo plano. Hoy, la historia escribirá con letras de oro mi final, el final del gran Víctor Lázaro. Pero, para que mi nombre sea leyenda y el mito esté a la altura de la historia, tendré que ponerle el broche final a mi trayectoria; tendré que tener un final acorde a la magnitud del vasto legado que voy a dejar; tendré que tener un final que sea recordado para siempre.

Porque sí, amigos, ha llegado el momento de mostrarle al mundo mi truco final, el momento en que, al fin, seré polvo de invierno, tal y como dijo mi viejo maestro. A partir de este mismo instante, siempre me quedará París.

Hace tan solo una hora que mi mánager me ha dejado en la soledad de este habitáculo situado en el piso 59 de la torre Montparnasse parisina. Están todas las botellas de alcohol que he pedido. He intentado mantenerme sobrio, pero no lo he conseguido, aunque esta vez, solo he bebido lo justo para endulzar el trago amargo que está por venir.

Justo antes de irse, Gillian, me ha puesto al día sobre la repercusión que ha tenido en los medios de prensa y en las redes sociales el concierto que acabo de dar en el estadio “Parque de los Príncipes”, en la ciudad del amor: “Millones de comentarios positivos en todas las redes sociales, lo convierten, sin duda alguna, en el gran evento del año: el concierto está siendo Trending Topic en Twitter. Nadie habla de otra cosa” – han sido algunas de las frases que le he oído decir. Pero aquello, tan solo eran datos; datos tangibles para los medios de prensa y para el gran público, que poco o nada pueden entender que la fama y el dinero no tienen valor, cuando hace tiempo que eres hombre muerto en vida.

Sé que has leído todo lo que se ha escrito sobre mí, tanto lo bueno como lo malo, sobre todo lo malo, que es en lo que la víbora prensa amarillista gusta cebarse, y sé que sabes que no es verdad. Sabes que no he vuelto a mis quehaceres diarios con total normalidad como si nada hubiera pasado aquel día, porqué a pesar de que el gran público, y la que se autodenomina “prensa especializada”, haya categorizado todos mis últimos conciertos dados como grandiosos, en realidad han sido mediocres.

Y lo han sido, porque no levanto cabeza desde aquel domingo. Me resulta imposible ponerme al piano y no ver aquel coche blanco llevándote por delante, mientras mis dedos intentan dar vida a cada nota. Pero todo, ya da igual, porque no se enteran de nada: “Así de necia y manipulable es la humanidad”, que decía mi viejo maestro. Para ellos, tan solo soy un monstruo cuya leyenda está muy por encima, incluso, de la tragedia de su propia familia.

Pero yo no soy así. Tal vez, pueda pecar de un exceso de egocentrismo y de soberbia, pero mi corazón no es negro, pese a que, últimamente, aquella paleta de colores vivos de los que llegó a pintarse; se hayan decolorado en una fúnebre gama de colores grises. Y a eso, se le llama tristeza, no maldad, y para sobrevivir en esta jungla que es la vida, todo lo que realmente te importa hasta el punto de llegar a consumirte por dentro, todo aquello que te vuelve más débil, tienes que esconderlo tras el mejor disfraz con el que tu cara pueda pintarse. Y todo, aparentemente estará bien, hasta que, en la soledad, el corazón te traiciona.

Llevas meses viendo cómo me arrastro en la oscuridad de mi soledad, y pensarás, seguramente, que es el alcohol el culpable de las traiciones de mi corazón, sin embargo, para mí, tan solo es el vehículo catalizador de mis más bajos instintos: es el ingrediente que saca a la luz lo que mi verdad esconde; es el sustento sobre el que lloro y lavo las cicatrices de mi alma, y es el abrigo en mi soledad, al que aprieto fuertemente, dejando soltar aquella arrugada carta en la que se ha convertido mi existencia.

Pero te juro que he pensado cientos de veces en cambiar la cerradura de mis días, en levantarme una mañana cualquiera y cambiar las llaves de mi puerta. Incluso he llegado a pensar hasta en cambiar la puerta entera. Y hoy, al fin, he logrado que la apertura haya sido algo diferente, porque, a pesar de que no haya podido romper las pesadas cadenas que me atan a ti, para dejarte volar libre por toda la eternidad, sí que he logrado, durante un tiempo efímero, dejarlas apartadas, y que la losa no pese tanto.

Y ahora, cierro los ojos y vuelvo a estar allí. Subo los últimos escalones en dirección al escenario. Está todo un poco oscuro, ya que las pequeñas luces LED puestas para la ocasión, apenas tienen potencia, por lo que un técnico me tiene que iluminar el camino con su linterna. Me pide un autógrafo y le firmo el papel sin prestarle apenas atención; le acaba de tocar la lotería: ese papel ha pasado a valer varios millones de euros en tan solo un segundo; me pide también una foto, pero no es el momento así que me niego, justo antes de que mis guardaespaldas le aparten con suavidad. A mí lado, está como siempre mi mánager, Gillian, psicólogo en ocasiones, amigo y familia en otras. Me da ánimos justo cuando noto el silencio roto por un pequeño murmullo. La expectación es máxima. Miro fijamente a los ojos de cada uno de los miembros de mi banda: hay complicidad hasta con el bajista nuevo. Nos chocamos las palmas de las manos y cada uno se sube a su montacargas. Comienza a sonar la introducción, a la par que se encienden algunos de los focos y la ovación es estruendosa. Miro al cielo, pero solo veo el techado del escenario. Respiro hondo mientras el montacargas me sube hasta mi piano, el cual se encuentra suspendido sobre una plataforma, a varios metros de las tablas. Cada uno de los músicos restantes de mi banda se encuentran suspendidos sobre sendas plataformas similares. Gillian da la orden y la música comienza a sonar atronadoramente, mientras, una estruendosa explosión de fuegos artificiales, disparan un abanico de luces, colores y sonido al cielo de París, a la vez que las plataformas van descendiendo sobre el “Parque de los Príncipes”. Desde las alturas, impresiona ver tantos miles de feligreses congregados para la ocasión. Si lo deseas, puedes sentir volar.

Y ahora, cierro los ojos y vuelvo a estar allí, y canción tras canción, voy haciendo magia con mis dedos, mientras las pantallas van ofreciendo imágenes de toda mi discografía. Mi compañía de mercenarios está disfrutando. De repente, una cortina roja pasa delante mío y desaparezco. No hay magia, tan solo se ha abierto una trampilla debajo de mi banqueta que me ha llevado al subsuelo del escenario, pero no se lo contéis a nadie: ni los magos ni los músicos desvelamos nuestros trucos. Se oye al público gritar de júbilo. Subo por unas escalerillas que me llevan al otro extremo del escenario y uno de los pipas me da un micrófono. Voy a cantar por primera vez en mi vida sin ser el hombre sentado al piano, y eso es algo que nadie se espera. La canción ha sido aderezada con algunos complejos efectos visuales y está gustando, aunque el público está más preocupando en grabar el momento que en disfrutarlo. Da igual, así quedará inmortalizado por los siglos de los siglos. Ha llegado la hora del lucimiento del resto de miembros de la banda. Es un momento tedioso y yo me escondo entre bambalinas a calentar los dedos, porque, de seguido, va a llegar el momento para el que llevo preparándome toda mi vida: el momento de mostrarle al mundo, por primera y última vez, la pieza de piano más compleja de la historia, la pieza que va a dejar en ridículo a Beethoveen, Rachmaninoff, Berezovsky, Ravel o al aprendiz de Sorabji.

Y ahora, cierro los ojos, y vuelvo a estar allí, y se hace el silencio mientras un foco ilumina únicamente mi piano. Me acerco a él y noto la vida en su interior, toda esa vida que ha ido gestándose durante décadas, en forma de notas musicales, en el vientre de sus teclas. Me siento y mis dedos comienzan a dar a luz el “Réquiem” de Víctor Lázaro, mientras las pantallas decoran la pieza con tristes imágenes de la que antaño fue mi familia: mi querida Elsa Luján y mi pequeño Samuel Lázaro. El público enmudece durante los veinte minutos que dura la pieza. Se ven lágrimas en el foso y el cielo de París responde llorando minúsculas gotas de agua. Al final de la pieza se une el resto de la banda y el ambiente del recinto vuelve a ser festivo. Me gustaría despedirme de mi público con otra sorpresa y acabo el concierto contándoles aquella historia de un sábado, de no importa que mes, y de un hombre sentado al piano, de no importa que viejo “París”.

Y ahora, cierro los ojos, y vuelvo a estar allí. Cierro los ojos y vuelvo a recorrer los últimos escalones en dirección al escenario. Siguen tenuemente iluminados por aquellas pequeñas luces LED puestas para la ocasión, pero ya no hay ningún técnico que dirija mis pasos, tampoco está Gillian a mi lado y cuando llego al escenario no está mi banda, ni tampoco se oye murmullo alguno. Tan solo existe ya la oscuridad que da el telón negro, y el silencio del público que se ha marchado, tan solo roto levemente por el ruido producido por algún que otro trabajador del espectáculo terminando con su tediosa jornada laboral.

Y ahora, cierro los ojos, y vuelvo a estar allí, deseando que todo vuelva a empezar, que algún amigo encienda los focos por última vez y que se alce de nuevo el telón para poder tocar por última vez mi réquiem, pero en el fondo sé que todo ha terminado y rompo a llorar.

Cuando era un niño, mi viejo maestro me decía que, tanto en la música como en cualquier otra disciplina de la vida, la historia, coloca efímeramente héroes en pedestales, y que, tan duradero será lo efímero como tesón y trabajo ponga el héroe. Sin embargo, en su concepto intrínseco, lo efímero nunca será eterno: “hoy estás en la cima y mañana solo eres polvo barrido por el viento, así que, aprovecha el tiempo que se te ha dado”.

Pero entonces, ¿qué importancia tiene esa cima, cuando hace tiempo que perdí el anhelo?, ¿qué importa, entonces, ese éxito cuando hace tiempo que todos nuestros planes se truncaron?, ¿qué importa nada ya, desde que te marchaste al exilio?

Esto no tenía que haber ocurrido así y lo sabes. Me tenías que haber esperado.

Y ahora, soy yo quién necesita una tregua.

Y ahora, abro los ojos y estoy aquí. Una ligera brisa de aire cargada de humedad me golpea el rostro, mientras siento mis pies ligeros sobre el alféizar de la ventana. Miro a la luna, cuyo rostro aparece medianamente difuminado por tenues nubes que se vislumbran en el horizonte y no me convierto en licántropo, pero sí que desearía ser Ícaro y caer mientras mis alas arden y el fuego me purifica. Me pregunto si todo aquello fue simplemente una ilusión provocada por el alcohol, pero me doy cuenta de que eso es aferrarse a una fantasía y que ya, nada más importa.

La sangre brota de mis muñecas y va limpiando los pecados que he cometido, aunque sé, que jamás tendré sangre suficiente para pagar por todo el daño que hice. Quizás mis actos no fueron del todo los de un hombre bondadoso, por lo que, ruego al señor de la noche que me envuelva en su manto de oscuridad, que me abrace fuertemente y que absorba todo lo que sangro.

Y entonces, ya no me produce vértigo la caída libre, así que, aprovecho el tiempo que se me ha dado y vuelo sin alas. Vuelo lejos. Vuelo libre. Y mientras caigo, el agua de la lluvia besa mi rostro: parecen minúsculas agujas de cristal y sé que las palabras del mago serán las últimas que escucharé:

“Un Cristal en el suelo. Un cristal afilado. Un cristal que te muestra tu final”.

“Y cuando el público se marche y el telón se baje, de nuevo se harán el silencio y la oscuridad”.

NDA: En días aciagos, me gustaría transmitir que, por muy oscuro que sea el túnel por el que avanzamos, siempre existe una salida.

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