El pueblo de las poderosas

El pueblo de las poderosas

      Ernesto, date prisa son las tres y tenemos que llegar al pueblo. No quiero que se haga tarde y nos pille la noche en carretera.

Ana condujo el coche pensando en lo bien que les vendría desconectar unos días.

Después de dos horas de trayecto se desviaron por un estrecho camino de curvas rodeado de altos robles, tan altos que al mirar hacia arriba el vértigo les colapsaba los sentidos.

Aparcaron el coche en una zona despejada a las puertas de un extenso bosque.

Cogieron las pequeñas mochilas y con sus linternas, ansiosos de descubrir, salieron como ratas hambrientas, hambrientas de algo más que alimentara sus monótonas y laboriosas vidas.

Ana quería darle a Ernesto un fin de semana diferente.

El camino se iba desdibujando a cada paso. Estaban solos, miedosos, confusos, no sabían si querían avanzar o dar la vuelta, emoción familiar en un nuevo escenario.

Vieron algunas casas, todas abandonadas, algunas a punto de caerse, las más agraciadas contaban hasta con blancas cortinas que salían por las ventanas con cristales rotos colgando de ellas como si no quisieran asumir su trágico destino.

Pero una de las casas era diferente, allí quería ir Ana.

Asomándose por unos huecos que tenía una de las paredes vieron a varias mujeres. Llamaron y muy amables les abrieron la puerta invitándoles a pasar. Cuidado con las entrañables e inesperadas invitaciones porque las carga el diablo.

Extrañados se apuntaron a la cena, la casa era grande, la cocina tenía sitio para unas diez o quince personas y el largo pasillo oscuro contaba con puertas a ambos lados.

Comieron y bebieron rodeados de velas, olor a tomate con orégano recién salido del horno, siguieron bebiendo, sabor a vino y copas chocando, risas, de vez en cuando llegaban otras mujeres, todas ellas jóvenes y misteriosamente atractivas.

Todos reían por una anécdota que contaba Ernesto cuando Ana miró al pasillo y fuertemente atraída por un sonido que salía de una puerta entreabierta, se levantó y decidida se dirigió hacia allí. Al abrir vio una cama grande con varias mujeres tumbadas, desnudas, tocándose, besándose, disfrutándose.

Ana buscó una mirada y la encontró, una de las chicas la miraba sonriente y ella decidida se tumbó en la cama y se dejó llevar por las suavidades de los cuerpos, el intenso olor a noche y el sabor a metal que desprendían aquellas bocas sedientas que parecían no saciarse nunca.

Pasado un buen rato, Ernesto notó la ausencia de Ana y fue en su búsqueda encontrándola inmersa en un río de pasión, él sin poner freno se unió a la masa de cuerpos y se dejó llevar como si de una corriente de lava se tratara.

Alcohol, sudor, incienso, velas y de repente alguien aparece abriendo bruscamente la puerta, se oye un disparo que paraliza las manos, las lenguas, la cama se inunda de escarcha y sus mentes se congelan al igual que sus ojos.

Ana no puede creer lo que ve. Se levanta y se dirige a Ernesto, que yace en el suelo, la sangre se expande, ella le abraza, le besa con ternura y se queda a su lado en los últimos segundos de su vida.

Sus labios tiemblan, no sabe qué hacer ni qué pensar, perdida, aturdida y dulcemente acompañada como jamás lo había estado. “Os dije que solo había una regla en nuestra comunidad, no tenemos lugar para hombres, no los queremos cerca de nosotras, nos contaminan la mente y nos convierten en seres primitivos”.

Ana no recordaba haber visto antes a la mujer alta y rubia que con voz segura y firme les ordenó que le llevarán a la granja con el resto de los cadáveres, la mayoría corredores perdidos que habían sido disparados sin piedad por alguna de las poderosas.

Han pasado varios días y ya no hay rastro de Ernesto, las mujeres siguen con sus rituales diarios y sus largos encuentros nocturnos. Alejadas de cualquier realidad, en su órbita, con su peculiar ilusión de futuro y sus locas normas desvirtualizadas.

Ana se despierta fundida en su nueva realidad. Es verano y va a darse un baño al lago junto con el resto de sus compañeras, no quiere que nunca termine, no sabe por qué se ha quedado allí, no se acuerda ni de él ni de su vida pasada, no quiere pensar, solo se deja llevar por sus sentidos y sus ganas de seguir viviendo, una sensación que acaba de descubrir y que la devuelve a la vida, la atrapa y la mantiene a salvo en el pueblo de las poderosas.

 

                                                                                  Mary Ann Kreuz

 

Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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