EL REENCUENTRO


 

Alberto V. Jiménez Muñoz

 

Quería realizar un artículo, sobre cómo afrontamos el encuentro con nosotros mismos, ante ciertas circunstancias, y el proceso que se genera en esos casos, pero preferí mejor mediante una corta narrativa descriptiva, ponerlo de manifiesto. Los personajes son ficticios aun así existe algún paralelismo vivencial.

 

 

EL REENCUENTRO

Habían pasado muchos años y un frío aspaviento de incertidumbre planeaba sobre el semblante. La realidad conocida asomaba desde un recuerdo muy vivo, cuyo señuelo era el mismo escenario al que se aludía como destino, pero en otro tiempo…y el ruido ambiental se iba desvaneciendo poco a poco en la oquedad del ayer, la mirada ausente en la nada de ese todo que se ve, pero no se mira sino con los ojos del alma. Afectos y desafectos, personas e historias, imágenes y aromas, esos olores inherentes a lugares y momentos, que marcan la banda sonora de algún interino de nuestra vida, seducían el sentir, cual espectador embriagado por ellos, parecía asistir a un estreno en una butaca preferente.

El pasado se iba haciendo presente en mi persona. ¿Rebobinar algunos momentos? ¡Qué arduo imposible menester! La voluntad ciega ante la imposibilidad, las vehementes querencias sobre afectos y desafectos pasados irrigaban mi hoy, mi persona y mi ser, algunos digeridos y otros afloraban, en ciernes y ocultos casi en el olvido, quizás por algún mecanismo de elusión de lamentos, pesares y dolores, mientras los amores vivos teñían de un vítreo pero acuoso filtro, la mirada.

¿Qué sería lo que me iba a encontrar?, ¿Cómo iba a reaccionar ante ello?, ¿Cómo encauzaría mi sentir? …y lo más importante, como en aquellos filmes que narran un posible viaje al pasado, el duro enfrentamiento, la paradoja de encontrarse uno a sí mismo, desde lo ya modulado por el tiempo, por la vida, por la experiencia y el conocimiento adquirido, cual cincel que va dando forma al granito, que siendo el mismo luce diferente.

El corazón se iba acelerando, al presentir la inminente llegada del tren a la estación destino. Entre construcciones nuevas el recuerdo se avivaba con aquellos enclaves reconocidos y entreverados en estas. Me sentía algo raro, como desplazado al sentir el mismo escenario, pero con numerosos y variopintos aditamentos que no se correspondían con mis recuerdos…

A otros los echaba en falta, amparados por esa duda onírica que a través de le nube del tiempo adquieren la incertidumbre de una pasada existencia real, o de la recreación mental a través del lienzo de la imaginación…

…y llegó el momento, el altavoz anunciaba la proximidad de mi destino, el tren deceleraba, pero el pulso se aceleraba, en la misma proporción, me daba la impresión. Cogí mi equipaje de mano y me dispuse a bajar al andén de la estación. Anduve unos pasos, pero me quedé absorto, parado, pensando en nada y en todo, debatiéndome entre la incertidumbre y miedo, asombro y sorpresa. Traicionar posiblemente el recuerdo, dando una serie de pasos y descubrir si todo seguía igual, que intuía que no, o dejarlo todo, coger un nuevo tren y volver atrás.

Al salir de la estación lo primero que vi fueron aquellos verdes jardines de mi infancia, aun así, parecía que algunos parterres los habían movido de sitio. Continué y más allá la carretera, más amplia y asfaltada, y aquellos edificios de siempre, hitos visibles de mi infancia, semiocultos por eclécticas construcciones, que aun así discordaban más que conciliar lo antiguo con lo moderno, la vieja escuela de construcción, arte y forma, con la nueva.

A pocos metros de allí el hotel, donde me iba a albergar, y hacer un impasse, tomar algún refrigerio y acomodar mis sentidos para lo que viniera posteriormente.

Una hora después, me dispuse a afrontar la calle, expectante. Según caminaba, percibía que el alma se agitaba como si fuera un niño, como si no hubieran pasado los años, tras discurrir por calles que en mi niñez eran habituales y repletas de historias. El tiempo se había parado, mas ¡Oh!, algo no concordaba faltaba aquel edificio emblemático en cuya acera jugábamos al “huevo” con la peonza los amigos y el parque donde tantas veces caminé de la mano de mi vecina, una abuelilla que me cuidaba a menudo, cuando mis padres estaban a sus menesteres. En el lugar de ello había asfalto y ese maldito y feo edificio para múltiples usos sindicalistas…me habían roto mi niñez, mi pasado. Emergía mi yo actual sin dejar desaparecer a ese niño interior, me desdoblaba internamente con nostalgia profunda, intentando en ese desdoblarme, paradójicamente solapar el pasado y presente, sentimientos encontrados de rabia, cariño y decepción. Miles de imágenes desfilaban por mi cerebro intentando engañar los sentidos, emborronar con su presencia virtual el presente real. Y… alguna lágrima, con aspaviento de melancolía, daban una imagen difusa a mi entorno. Continué hacia adelante con tal tambaleo anímico… Reflexioné sobre aquella abuelilla, aquellos amigos, y cómo un elemento ajeno era capaz de ponerme en frente de mí mismo, crear una esquizofrenia momentánea y al final una integración con sabor a decepción, a nostalgia y quizás a muerte.

A cada paso que daba, emergían con el escenario reconocible, constantes historias y sentimientos encontrados como anteriormente. Tomaba consciencia del hoy pero aun sin digerir la nostalgia del ayer, de esos buenos momentos con gentes buenas. Aquella pastelería donde mi abuela real, cuando venía, amiga de esa abuelilla, mi vecina, me compraban a menudo las ensaimadas aquellas que eran más grandes y ricas que el enano para quien iban dirigidas. La casa de la señora Cleo, amiga de mi vecina la abuelilla, donde pasaban horas con un café y unas pastitas, hablando y mientras, este miraba absorto a ese reloj tan misterioso en la pared, esperando que saliese el pajarito, un cuco muy esquivo, que salía siempre cuando no lo mirabas. La Iglesia de San Francisco, tan grande como una catedral, por donde, tras comer en casa de mi vecina y su marido, otro abuelillo, salía ella conmigo al encuentro de las mujeres y ellos se encontraban por otros lares, coincidiendo posteriormente todos en una casa de uno de ellos, donde ellas hablaban de sus cosas en una cocina amplia, y ellos jugaban al dominó en una mesa. Me hacía gracia Don Agapito, alto y espigado con el rostro que parecía la efigie del billete de Manuel de Falla de cien pesetas, pero con boina y el rabillo siempre enhiesto. Cuantas veces habré pasado por San Francisco con la abuelilla para ir allá…y cuántas veces este miraba, a aquella enorme radio que tenían en aquella cocina, sobre una balda en la pared, enchufada, buscando a ver por dónde estaban metidos los señores que hablaban desde dentro.

Todo esto era como el eco de un arpegio dentro de una melodía inacabada, cuyo sonido con la pátina del recuerdo, sonaba lejano, onírico, nebuloso pero cálido y aterciopelado a la vez, no corría el tiempo, parecía perpetuo e inmutable en su momento. Salí de mi introspección, intentando objetivar mi mundo actual, mi pensamiento. Era consciente de que el bosque me ocultaba el árbol, pero a veces, los impulsos y la vehemencia de los cariños guardados con celo, pues se apostan verdaderos, me llevaban de su mano inevitablemente.

Aún así, necesitaba saber más, y seguí, cual perro callejero, “olfateando” por las calles, los “hitos” de la realidad actual que se superponían a los de mi recuerdo esperando que sus palabras emergiesen a través del tiempo, en mi alma.

Llegué a la plaza, la algarabía de aquellas niñas rondaba mi cabeza, jugaban en el césped, otras saltaban a la comba o jugaban a la rayuela o tejo, sin embargo el césped había desaparecido y el suelo había sido, reacondicionado, diferente, aun así la zapatería donde me compraban mis zapatitos y el dependiente me regalaba cada vez globos con la publicidad correspondiente, seguía ahí, algo diferente, y el quiosco donde me compró la abuelilla mi primera peonza, también lucía con variaciones visibles. Lugar de carracas, sirenas al soplo, y de aquella trompeta, fuente de varios arrepentimientos por habérmela comprado, y hacer sacar de mi más profundo ser, el músico que llevaba dentro, en una noche de serenata trompetera por las calles, dando informal concierto a los ilustres que pasaban y me miraban, pues el “arte” se pregona y no es para guardárselo uno sino para difundirlo cuanto más alto y claro por las calles, mejor…y este, en su soliloquio musiquero, y ajustándose a tal precepto, quería compartir el dulce sonido y musicalidad  que llevaba dentro a través del sonoro instrumento con el respetable, improvisados transeúntes, que se nos cruzaban al paso.

Así caminando, distraído, poco a poco, cual Charlton Heston ante la estatua de la Libertad en “El planeta de los simios”, alcé mis ojos, temblando, trémulo al darme cuenta…aquella casa, aquel balcón, fuente de tantas historias dentro de una mayor, al lado la de la abuelilla…

Intentaba mantener el tipo, pero mi vista se nublaba y en silencio, aguantando, sin aspaviento, alguna lágrima recorría el rostro. En instantes se deslizó por mi cerebro una vida, llena de vivencias, cariño y experiencias. Estuve así varios minutos, inmóvil. Miré la casa de encima y recordé las otras vecinas, dos hermanas enfermeras… Repuesto del shock, entré al portal y miré los buzones, casi todo me resultaba desconocido excepto el nombre de una de las hermanas enfermeras. Tomé aliento, me llevó un rato y opté por subir a su puerta. Indeciso y con cierta timidez presioné el timbre. A esto oí aproximarse unos pasos vagos y lentos, la puerta se abrió y ante mí, una mujer octogenaria, con pelo gris, arreglado, gafas y ojos cansados, me recibió. Cogí aliento dentro del nerviosismo, guardando la distancia para crear confianza. Me presenté y desde el umbral la comencé a situar, mostrando fotografías en el móvil, mías con mis padres, entonces, con mi abuela real, quien venía de vez en cuando y la conocían los vecinos, fotos después de irme de allí para que viese a través de ellas que la persona del hoy aun siendo diferente era la misma de ayer. La conté la historia del balón de playa que me regaló su hermana y aquel día que comí en su casa pues mis padres tuvieron que viajar urgentemente y mi vecina de piso, la abuelilla tampoco estaba. Noté un silencio, y con voz afectada me dijo que su hermana había fallecido el año anterior. La dije que lo sentía mucho mirándola a los ojos, los cuales la brillaban empapados, y la dije que la recordaba, lo cual me agradeció. Pregunté por la abuelilla, mi vecina inmediata. A esto me dijo que su marido falleció a los cuatro años después de irme y ella al año siguiente de su marido, quizás de esa tristeza que no pudo superar tras el luctuoso trance…Se hizo el silencio, me costaba hablar, ella lo percibió pues sabía lo que había significado para mi esa señora, y me invito a dejar el umbral y entrar.

Los minutos se deslizaban sigilosamente y los recuerdos también, aun así, pareciese que se hubiera detenido el tiempo. Estábamos muy a gusto en cordial conversación sobre aquellos días, de los cuales, ella me había ampliado información al detalle sobre la que tenía, pues con aquella consciencia de niño de entonces se me habían obviado tantas cosas que eran del dominio de los mayores en aquellos momentos…  Educadamente la dije que me tenía que ir, dada la hora que era, y ella me instó a que volviese y no perdiéramos el contacto a lo cual asentí, mientras anotaba su número de teléfono. Dos besos, y la expresiva mirada de ella, había renovado su semblante. Salí del umbral con mi expresión de agradecimiento y un ¡hasta pronto, cuídese mucho! Escuché el cerrar de su puerta en el momento en que doblé la escalera. Al llegar al piso inferior ralenticé el paso, mirando la puerta de la que fue mi casa y la puerta de la que fuera casa de aquella “abuelilla” que tanto me quiso, que me enseñó mis primeras letras, que me contaba historias y con quien estaba la mayor parte del día sin perjuicio de mi madre, pues era quizás una preocupación menos para ella. Se superponían al escenario, mis recuerdos de aquellos días y la mirada hacia la nada y hacia el todo de ese infinito, en que lo finito se perpetúa, Dios mediante, el sentimiento.

Recobré el ánimo, salí del bloque con paso lento y pensativo, intentando asimilar e integrar ese niño que se había puesto de manifiesto, sin despersonalizarlo, en la razón de un hoy muy diferente, abocado a la velocidad que nos despersonaliza y que nos hace ser autómatas de las circunstancias, sin ser conscientes que vivimos con otros, que aun siendo personas están abocados a esa vorágine vertiginosa del día a día.
peonza
Con ese paso lento, llegué a la plaza, vacía ya por las horas nocturnas que eran, me senté en un banco y dejé pasar los minutos, el tiempo…aún conservo esa peonza que me compró aquella abuelilla, como un tesoro. En mis momentos de soledad la miro, la cojo con la mano, y absorto, ensimismado, traigo su lejana presencia hasta mi…

 

Alberto V. Jiménez Muñoz

 

 


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