Felipe II de turismo por Las Navas

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Ricardo Ruiz de la Sierra

Sostengo en mi cuarta novela “El Funcionario Prudente” (Edit. viveLibro) una hipótesis muy poco valorada por los historiadores modernos: el Monasterio de San Lorenzo fue edificado en El Escorial fundamentalmente por la influencia del primer Marques de las Navas, Don Pedro Dávila y Zúñiga. Las diversas localizaciones que se sopesaron para tan magna obra son objeto de un intenso debate histórico que se mezcla con la leyenda. Felipe II encargó a un grupo de expertos compuesto por médicos, astrónomos, geólogos y arquitectos la elección del lugar alrededor de Madrid. Durante tres años estudiaron con detenimiento los posibles emplazamientos. La corte la había trasladado de Toledo a la actual capital de España por su centralidad y mejor clima. Madrid entonces era un poblacho amurallado situado en un castro sobre el Manzanares (“aprendiz de rio” que decían los embajadores extranjeros que habían conocido el río Tajo) y con un alcázar de origen árabe rehabilitado por Enrique IV (que reinó antes de Isabel la Católica).

Lógicamente el lugar para construir el edificio más grande de su época tenía que tener agua abundante, canteras cercanas, caza (principal afición de Felipe II) y estar apartado unos pocos kilómetros, como el monasterio de Yuste, de cualquier núcleo de población. Muchas localidades se atribuyen el privilegio de haber estado en la lista de la octava maravilla del mundo antiguo: Tamajón (en Guadalajara), Zarzalejo, Guisando, etc. y otras muchas inventadas recientemente por los alcaldes o concejales de turno.

El tercer Conde del Risco había obtenido el ascenso al marquesado por los servicios prestados a Carlos V como Contador real y Mayordomo de su hijo. Hombre de gran saber, fue el responsable del hábito de lectura de Felipe II. Había fundado una Academia de Gramática en el Convento de San Pablo, que mandó construir cerca de su castillo. Según recientes estudios de la Universidad de Salamanca, no sólo era un personaje muy culto, sino que su dominio del latín era inigualable, como ningún escrito de la época. El Escorial estaba a cuatro leguas del castillo de Pedro Dávila en dirección a Madrid, por lo que tuvo que pasar muchas veces por la gran explanada en la falda del monte Abantos, donde finalmente se ubicaría el monasterio. Una naturaleza privilegiada y la magia del lugar también han atraído a otras figuras de nuestra historia reciente, en el valle de los caídos, y a la NASA. Hay elementos constructivos y decorativos en el castillo del Marqués que a Felipe II le debieron gustar porque los reprodujo en el monasterio: la bóveda plana de uno de los cubos del castillo en el sotacoro de la basílica o el encargo de los cenotafios de la familia real al escultor Leoni Pompeo que había realizado la lauda sepulcral de los marqueses. El castillo de Magalia es del siglo XV, en tierras cedidas a un oficial, antepasado del Marques, que había guerreado contra el islam ayudando a desplazar la frontera, estancada en el río Duero, hasta el Guadarrama. Los reyes católicos habían obligado a rebajar almenas, muros y torreones en todos los castillos de los nobles, en una clara intención de rebajar el poder del que habían gozado con los monarcas castellanos anteriores.

Felipe II tuvo que visitar la fortaleza de los Marqueses en diversas ocasiones, exprofeso o de camino a Ávila. Desde Madrid pasaría por la finca de “Monesterio y el “Campillo” (donde ya se veía con una de sus amantes) o por el “Quejigar”; después atravesaría la hermosa dehesa de la “Herrería” (entre encinas, fresnos y robles), subir el puerto de Malagón entre pinos y, desde allí contemplar las Navas (que significa “terreno llano entre montañas”).

Castillo de Magalia

En el pueblo también se cuenta la leyenda que cuando el Marques le enseñó al rey la bóveda plana de su torre le gastó una broma, como cuentan los guías del monasterio en la del sotacoro de la basílica de El Escorial en boca de su arquitecto, Juan de Herrera. Había colocado un puntal de madera debajo de la piedra “clave”, en el centro y, de repente, empujó dicho puntal como si fueran a caerse a continuación todas las piedras de granito sobre ellos. Dudo de la guasa a Felipe II en uno u otro caso, no en vano le llamaban “el rey constructor”. Siempre estaba de obras y sus conocimientos en arquitectura le llevaban a discutir con Juan de Herrera y a modificar los planos. Además, él ya conocería la bóveda plana (de ladrillo) en el castillo de su abuela, Juana la Loca, en Medina del Campo, de la que partiría dicha broma pues todavía hoy impresiona como elemento constructivo.

Para levantar “la ciudad de Dios”, como señala uno de los  cuadros de San Agustín expuesto en una capilla de la basílica del  monasterio, obligó a los nobles a venderle las fincas mencionadas y expropió a la “Comunidad de la Ciudad y Tierras de Segovia” los terrenos cedidos a hombres libres segovianos que también habían guerreado en la reconquista (hoy en día les siguen perteneciendo a dicha comunidad la madera, “pies”, de los montes colindantes al monasterio aunque los pastos pertenecen a Madrid o a Ávila). Los dominios del Marques quedaron a continuación de la cerca de piedra, de cuarenta kilómetros de perímetro, que delimitaba “el Real Sitio” y que se levantó una vez finalizadas las obras del monasterio en el 1584 (por cierto, que se terminaron en tan sólo veintiún años, tiempo récord para la gigantesca empresa a pesar de la creencia popular, influenciada por la leyenda negra).

El pesado edificio de granito, que ni se inmutó en el gran terremoto de Lisboa de 1755, tampoco está ahí para taponar la quinta puerta del infierno como cuentan otros sino porque el primer Marques de las Navas persuadió a su más ínclito discípulo: el rey.

MARZO 2019.

Ricardo Ruiz de la Sierra

Ricardo Ruiz de la Sierra, es un escritor que empezó a escribir movido por su inquietud humanística y el interés hacia la espiritualidad y colaborador de medios tan prestigiosos como el periódico “ABC” y diversas publicaciones en cartas al director en “El Mundo” de Valladolid y “El Norte de Castilla”, actualmente coordinador de las jornadas literarias de Ateneo Escurialense.

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