HA MUERTO ARZALLUS

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Ricardo Ruiz de la Sierra

Los mejores euskaldunos están muertos por los balazos o las bombas terroristas y no como Arzallus de anciano y en la cama. No sin antes demostrar un apego al poder con un tufillo dictatorial. Vaya por delante mi admiración a esos representantes políticos vascos, del PP y del PSOE principalmente y, a esos Ertzaintza, defensores del pueblo, o a vascos corrientes asesinados por ETA (junto al reconocimiento a todas las víctimas). Ni el corazón más duro ni la justificación más burda pueden empañar ese sufrimiento voluntario de vivir amenazados (también sus familias) sin huir para defender la libertad de pensamiento y el derecho a la vida en su amada tierra. Ya sé que, a los que no aceptaban vivir de rodillas no les gustaba que les llamarán héroes, pero, que sería de nosotros sin estos valientes. Cada vez que enterraban a una víctima más de la violencia fascista, a la que se enfrentaban, no con armas, sino con el coraje de intentar llevar una vida digna… sentía una inmensa ira, una rabia contenida por el ejemplo que él nos dejaba para transformarla, como en una máquina de vapor, en fuerza para manifestarnos. Contra todo lo inmoral hay que recurrir con armas morales y todos los recursos judiciales y policiales (hemos dado una gran lección al mundo de cómo se acaba con el terrorismo).

Arzallus, presidente del PNV, lideró a esa mitad enferma de la sociedad vasca en los peores momentos del terrorismo (fueron expulsados del partido conservador europeo). Tenían la responsabilidad de ocuparse de lo más acuciante: los gritos de las víctimas del terrorismo, el silencio de las calles, el miedo y la falta de libertad de sus ciudadanos y no lo hicieron. Después de cada atentado teníamos que presenciar la escena televisiva de los concejales de batasuna rubricando la pena capital y los demócratas gritando contra la sinrazón. Una vez más, espontáneamente, ciudadanos vascos se concentraban en las plazas en silencio, mientras los pusilánimes seguían de compras, pues el “régimen nacionalista” les proporcionaba un alto poder adquisitivo a cambio de tibieza moral (o tenían miedo pues, tres de cada cinco vascos decían estar asustados en una encuesta anónima del 2003). Una vez más sus representantes condenaban el asesinato mientras compartían ayuntamientos con los asesinos, pues se benefician del exilio de votos no-nacionalistas y la dificultad para completar sus listas electorales. Al “Régimen” no le interesaba la mitad del pueblo vasco porque creía vislumbrar el paraíso terrenal, alguno soñaba con ser el padre de una patria nueva y con engrandecer la tribu conquistando otras comunidades y países. Yo me preguntaba entonces ¿Cuántos mártires más harán falta para que se unan en la única terapia posible: la justicia y la acción policial?  El asesinato y la violencia política de la intensidad que sea no caben en una democracia. El problema es cuando esta irracionalidad la utilizan para sus fines ciertos políticos frustrados, entonces puede adueñarse de todo un colectivo, como se adueñó de muchos alemanes el nazismo. En esas circunstancias la esquizofrenia, la inmoralidad y la desvergüenza se instalan en gente corriente o se viste de traje y corbata para acudir al parlamento. Frente al asesinato, la intimidación y el chantaje (poniendo un precio a la paz) no caben equívocos ni medias tintas ni plataformas intermedias, solo un abismo que les separa nítidamente de los demócratas. Los líderes del PNV fueron responsables de hacer un sitio en la democracia a los pistoleros, en vez de escuchar el clamor popular y a las víctimas.

Desde el pacto de Estella, estaba seguro que el PNV pagaría caro sus negociaciones con ETA (tregua – trampa) y el posterior acuerdo con su brazo político EH. Aquello me pareció no solo una traición a sus electores, sino su suicidio político porque en política se supone que los errores se pagan. El último dislate del PNV en plena campaña fue no apoyar una pancarta con el lema “ETA NO” que ondeó en algunos ayuntamientos vascos después del asesinato del presidente del PP de Aragón. Lo que siguió a continuación ya todo el mundo lo sabe: más asesinatos, más disturbios callejeros, exilios de intelectuales y más guardaespaldas. Un clima de inseguridad asfixiante y una impunidad de los extorsionadores humillante, delante de las narices de la policía, dirigida por el vacilante y ambiguo gobierno de Ibarretxe. Arzallus entre tanto continuaba con sus disparates y excesos verbales contra sus “adversarios” (como él decía) mientras caían abatidos por las balas de ETA y mostraba una comprensión paternal para con los cachorros del terrorismo. Anasagasti seguía con su buen humor, inalterable a los acontecimientos, sabedor de que él no corría ningún peligro. Tengo que reconocer que no confiaba en los dirigentes del nacionalismo vasco, pero sí en los votantes del PNV. Ellos sí demostrarían sensibilidad humana hacia los amenazados, ellos sí comprenderían el sufrimiento ajeno, y serían demócratas antes que nacionalistas. Pero, una vez más lo incomprensible sucedió y el PNV volvió a ganar las elecciones, con un claro mensaje de autogobierno. En mi opinión la mitad de la sociedad vasca demostró un instinto tribal superior a la humanidad de sus corazones, después de disfrutar de la misma autonomía que una república. Un sentimiento contra el progreso cuando las fronteras desaparecen en Europa y un espíritu de clan en contra de la necesaria individualidad. El objetivo irrenunciable de un nacionalista demócrata está más cerca de una patología xenofóbica y supremacista que de un proyecto político (lo de someter a otras comunidades autónomas, es sencillamente esquizoide, además de imperialismo). Una “enfermedad mental” que decía el librepensador y eminente vasco, Unamuno… que utiliza de forma victimista la historia y se apropia de conceptos como tradición y cultura. Yo lo atribuyo a un complejo o frustración personal, que hace que algunos se enraícen a su tierra como vegetales al ser lo único que permanece de aquel paraíso perdido en una infancia feliz.

Que Dios, si existe, le tenga en su gloria con todas las víctimas porque el infierno no existe, estaba en aquella época en el país vasco. Y espero que en la “tierra prometida” destino de todos los hombres, sean nacionalistas o emigrantes, cuando sea examinado en el amor como decía San Juan de la Cruz sea consciente de todo el sufrimiento que incrementó o no evitó con su actitud y sus palabras en los tiempos de las amenazas, el acoso, los secuestros, la goma dos y los nueve milímetros parabellum.

MARZO DEL 2019

Ricardo Ruiz de la Sierra

Ricardo Ruiz de la Sierra, es un escritor que empezó a escribir movido por su inquietud humanística y el interés hacia la espiritualidad y colaborador de medios tan prestigiosos como el periódico “ABC” y diversas publicaciones en cartas al director en “El Mundo” de Valladolid y “El Norte de Castilla”, actualmente coordinador de las jornadas literarias de Ateneo Escurialense.

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1 Comentario

  1. Carmen dice:

    Enhorabuena Ricardo por este certero artículo Fantástico. Marichu Cañete.

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