Hacer hueco a la primavera

 

Hoy es martes. Lo sé porque cada martes mi vecina Casilda recibe la visita de una de sus amigas. Ha sido así cada martes, de cada semana, de cada mes desde que yo me mudé a este bloque. También se ha repetido hoy, así que definitivamente tiene que serlo.

El ruido de la vieja maquinaria del ascensor me ha pillado en el baño, arreglándome lo poco que me queda de barba frente al espejo. Esa ha sido mi primera parada tras saltar de la cama sin ayuda siquiera del despertador, como si la impaciencia hubiera estado martilleándome la cabeza toda la noche hasta conseguir despertarme sin necesidad de estímulos.

Y aunque pretendía hacer de esta una mañana especial, al final he acabado por repetir paso a paso la rutina de cada mañana: ir a la cocina, encender la radio, abrir la ventana para regar la cinta y después encender el hervidor. Entonces, mientras sacaba la leche de la nevera, uno de los tertulianos ha recordado una frase de un viejo poeta: “Tenemos que vivir / no importa cuántos cielos hayan caído”. Ha soltado el verso y la tostada se me ha atragantado no habiendo cortado todavía ni siquiera el pan.

Al rato he salido de casa y tras bajar los siete pisos he caído en la cuenta de que no había cogido el paraguas. Fuera no llovía y ahora que lo pienso, hace tiempo que no lo hace, pero aun así he vuelto a subir solo para buscarlo. Ayer debí olvidar sacarlo del cesto de la compra y por eso no lo he visto al salir por primera vez. En un intento por completar la ausencia, ese viejo paraguas con estampado de estrellas ha acabado por convertirse en una extensión de mi cuerpo, de mí mismo. De ti, en realidad, y ahora no sé hacer nada si no lo siento cerca.

De vuelta en la calle me he sorprendido a mí mismo mirándome en el escaparate de la tienda de la esquina. El reflejo me ha devuelto a una persona con el pelo demasiado desaliñado y con el cuello de la camisa sin planchar. Demasiado tarde para ponerle remedio.

He subido la cuesta con prisa, con la ligereza que te da el saber que alguien te espera. Sin embargo, al llegar a la parada del autobús, el 16 se marchaba justo en mis narices. Creo que has sido tú haciendo de las tuyas porque justo después he conocido a Gabriela. Tiene 5 años y se ha sentado a mi lado en la marquesina solo para decirme que le gustaban mucho las estrellas de mi paraguas. Yo entonces he sonreído, con esa mueca tímida con la que se responde a las cosas que te pillan desprevenido. A mí me gustan también, he atinado a decirle. Ya lo creo que me gustan.

Al poco he llegado a la cafetería de la calle Mayor y entonces he dudado un rato, sin saber si entrar decidido o marcharme sin girar la vista. He acabado eligiendo lo primero y al cruzar la puerta la he visto sentada en la mesa del fondo, al lado del ventanal. Mientras me acercaba, ella se ha levantado y me ha saludado fingiendo que no me había visto vacilar un rato antes.

Marina y yo nos conocimos en el taller de zapatos de Serafín hace tan solo unos días. Hasta que llegó el frío y tuve que desempolvar las botas, yo ni siquiera recordaba que las suelas estaban desgastadas. Ella, sin embargo, necesitaba un par de cordones nuevos para sus zapatos de bailar. Dos vidas tan ajenas como solitarias que encontraron su hueco en una habitación con olor a betún.

Por eso hoy, sentados el uno frente al otro, hemos empezado a charlar como si toda esa gente de alrededor se hubiera esfumado sin avisar, dando espacio a dos desconocidos que vuelven a sentir. Una infusión, una limonada y entre medias la vida, con la timidez de las primeras veces y la serenidad que da lo vivido y  lo aprendido. De no haberme perdido en su mirada, le habría dejado ver que su carmín parecía destinado a su sonrisa, pero cuando me he decidido, el camarero ya traía la cuenta. “Te olvidas el paraguas, Braulio”, me ha dicho al pagar y despedirnos. “Hay inviernos que se sienten tan adentro que acaban convirtiéndose en hogar, pero solo tienes que abrirles la puerta y dejar que se marchen”.

Nos hemos dicho hasta pronto dos calles más abajo y yo he vuelto a casa sonriendo. Por primera vez desde que ya no estás aquí, he sido feliz con algo que no fuera tu recuerdo. Por eso al llegar a casa he abierto el armario que compartimos y en el tercer cajón, el que sigue teniendo tus cosas, he guardado tu paraguas de estrellas.

Ha llegado el momento de dejarle espacio a la primavera.

Aunque llueva afuera.

 

                                                                       Blanca Ruiz

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1 Comentario

  1. María Dolores Parra cano dice:

    Un relato precioso con mucho sentimiento dejar paso a la primavera

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