Intercambio cultural

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—Disculpe, ¿qué hace aquí?

Así, seca y tajante, se dirigió a mí la única persona con la que hablé en mi paso por Harlem. Me detuvo con un ademán preciso, la palma de la mano extendida a la altura de mi pecho. Con ese gesto cortó de lleno mi intención de pasar por las puertas de reja negra de la iglesia bautista que pretendía visitar.

—Ah, buen día, señora. Vengo a ver el coro de góspel.

—No va a poder ver el servicio hoy, señorita. En primer lugar, no puede entrar vestida así —y abrió tan grande los ojos negros que casi se le cayeron al piso— y además hoy hay una celebración especial. No pueden pasar los turistas.

Instintivamente verifiqué cuántas evidencias tenía una desconocida para etiquetarme tan rápido. Me pasé las manos por el cuerpo, menudo y pálido, por la ropa de gimnasia inflada y chillona, hasta llegar a la cámara de fotos que tenía colgada del cuello.

—Disculpe, señora, pero vengo de muy lejos y es mi sueño escuchar un coro de góspel real ¿No podré pasar?

—No, no se puede. Este servicio es para la congregación. Venga otro día.

Entendí rápido. Esta mujer se estaba regodeando con su autoridad y no dudaba ni un momento en aprovechar su ostentosa estatura y poderoso negror.

—Creo que no me está comprendiendo, señora. Yo no puedo venir otro día. Me voy mañana, ¿sabe? —intenté una voz dulce y amigable, buscando un poco de empatía y complicidad.

—No sabe cuánto lo lamento. Búsquese otra iglesia, entonces —dijo mientras me miraba de reojo y agitaba la mano con energía, en señal de que me fuera. Dio un paso hacia adelante, con lo que me obligó a mí a dar uno hacia atrás.

—Mire, no quiero ser maleducada, pero por favor le pido: sólo quiero escucharlos cantar en esta iglesia hermosa y pasar un lindo domingo. Pero usted me deja acá afuera y no entiendo… ¡¿De verdad no puedo pasar porque soy turista?!

—¡Ya se lo dije! Este es un día para la congregación y para nadie más.

—¡Pero mire qué increíble! ¿No viene usted a la casa del Señor para escuchar sus lecciones y ser mejor cristiana? ¿Qué diría el Señor de esto, eh?

Fue ahí, en ese instante, que detoné la bomba.

—¡¿Qué diría?! ¡¿Qué diría el Señor?! Diría que estoy haciendo bien, que mi deber es cuidarnos de gente como usted que no sabe nada de nosotros ¿Sabe de dónde viene el góspel? ¿Tiene idea? ¡Vaya y siente ese culito blanco suyo tan delicado y lea primero!

—¡¿Cómo dijo?!

—¡Dije que lea! ¡Que lea antes de venir! Y si en dos minutos no se va, llamo a la policía para que la encierren.

Me quedé sin palabras. Tampoco me dio tiempo para pensarlas. La señora tumbó su torso enorme hacia mí, como engulléndome, y dio otro paso hacia adelante. Trastabillé con el escalón que daba a la vereda y cerró la reja a centímetros de mi cara. Me quedé ahí, inmóvil, con las manos tomadas de los barrotes todavía fríos de la mañana, mientras se alejaba. Abrió los portones de madera y, aunque lejano y difuso, aunque sólo por dos segundos, pude llegar a oír las voces fastuosas de las túnicas negras del fondo cantando a todo pulmón.

 

Amina

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