KAFKA EN EL MANICOMIO

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Un nuevo relato desde el Taller de Escritura, en esta ocasión le debemos las gracias a Alberto Rojas Gómez.
Cosas de un Pueblo.


Me encuentro en Urueña, pueblo con más librerías que bares, quizás por eso tiene la categoría de Villa del Libro. Se encuentra situado al noroeste de Valladolid. Está protegido por una muralla desde los siglos XII y XIII. Caminar con airesillo junto a sus arcos y puertas me marca el tiempo de la ruta, me despeina y me invade de su aire fresco y castellano.

Sentado en un banco de un parque, al abrigo de la muralla, bajo la sombra de un sauce llorón, observé como un empleado de jardines vestido de verde cuidaba de un rosal; esta anécdota me hizo recordar un episodio que viví años atrás.

Una mañana lluviosa de noviembre de 1983, tras una llamada de teléfono, se personaron en mi domicilio dos hombres con bata blanca acompañados de un tercero. Me cuentan que están allí por orden del doctor García, psicoterapeuta al que acudía para hacer terapia, dicen que me llevan a su consulta.

La sorpresa me la llevo cuando no es la dirección de la consulta sino el Sanatorio Psiquiátrico de Carabanchel. Una vez dentro me entrevista el doctor Zubieta, que va escribiendo en una hoja de informes datos que le voy contando respecto a lo sucedido y por qué me encuentro allí.

Una vez terminada la entrevista me dice que espere en una sala a una persona que va hacerse cargo de mí. Al rato aparece un señor con vestimenta verde, muy feo, indicándome que le siguiera. Llevaba un manojo de llaves en la mano. Se paró ante una enorme puerta de madera y metió una de las llaves en la cerradura. Tras varias vueltas, ¡crac!¡crac!¡crac!, se abrió.

Asombrado diviso un pasillo muy largo y muy limpio. Me deslumbra esa limpieza. Al fondo veo tres personas con gestos raros que chillan. Me parecen autistas o artistas. El señor feo vestido de verde me aparca en una sala en la que hay un televisor encendido que un hombre golpea. Detrás de donde yo me coloqué había una cristalera que daba a un jardín y le pregunté al hombre feo si podía llevarme. Me dijo que no, que tenía que esperar allí como le había indicado el doctor Zubieta.

Yo insisto en ver al doctor porque soy consciente de dónde me encuentro, pero no alcanzo a saber por qué me han metido en aquella sala. Miles de preguntas asaltan en mi cabeza. ¿Qué he hecho? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué estoy en un psiquiátrico cuando debería haber ido a mi trabajo? No obtengo respuestas. Me tratan igual que a los que estaban en la sala. Nadie me escucha.

Al poco tiempo me asignan una habitación. El doctor Zubieta viene a verme y me dice que le acompañe a ver al doctor Iglesias. Este doctor pregunta qué me pasa. Le respondo igual que al doctor Zubieta, que esa mañana, tras una discusión conyugal, habían hecho la llamada al número de teléfono que el doctor García había facilitado para cuando yo tuviese alguna riña con mi mujer.

La causa de esta pesadilla comenzó por una carta de una admiradora que yo tenía guardada. Ella la encontró y la leyó.

El doctor Iglesias me responde que están esperando a contactar con el doctor García, que se encuentra en Toledo esperando a que le lleguen los técnicos del Corte Inglés para instalarle los muebles de la cocina.

Regreso a la habitación que me habían asignado, atravieso largos pasillos y bajo escaleras de caracol. Todo tétrico; imposible escaparse de allí.

Una vez que entras en estos sitios ya no eres persona, estás loco, nadie te escucha, nadie te cree. Qué mal me siento. Pasan las horas y sigo sin poder avisar a mi trabajo. Nadie me deja llamar por teléfono. Nadie me cree.

Me tumbo en la cama, miro hacia la ventana de la habitación y pienso que me puedo escapar por ella. Pero los barrotes de hierro están muy juntos.

Cuando es la una de la tarde me traen una bandeja con comida; ese día tocaba judías blancas con chorizo, filete de ternera, yogur y un trozo de pan. Hice un esfuerzo por comer. El filete lo tuve que dejar porque no pude cortarlo con el cuchillo de plástico.

Estaba tan sumamente cansado mental y psicológicamente que me tumbé en la cama; pensé que tardaría poco tiempo en solucionarse aquella pesadilla que estaba viviendo. Encontrándome en ese duermevela, unos gritos que procedían de la habitación de al lado me despertaron violentamente. ¿Qué estarían haciendo al que gritaba? ¿Clavándole una inyección para tranquilizarlo? ¿Colocándole una camisa de fuerza? Si yo seguía insistiendo en que no me pasaba nada ¿me tratarían igual que al que estaba en la habitación contigua? ¿Y si no encontraban al doctor García? Y si hubiese tenido un accidente ¿no saldría de allí nunca más?

Se hizo pronto de noche, yo no tenía reloj. De repente oí por megafonía mi nombre. Que me presentara ante el doctor Zuloaga. ¡Ostia!, ya parece que se va a solucionar y por fin me van a dejar que haga mi santa voluntad.

Un cuidador me llevó a la consulta. Dijeron que al fin se habían puesto en contacto con mi doctor, quien sorprendido de que yo estuviera encerrado en el sanatorio dio la orden de que me dejaran salir inmediatamente.

Cuando marché por aquellos pasillos laberínticos y atravesé puertas grandísimas grité con rabia: ¡libertad! ¡No se sabe de verdad lo que significa sentirse libre hasta que te dejan sin ella!

De repente advertí que el banco en el que estaba sentado en Urueña le daba el sol. Me levanté y me fui del pueblo por una de sus puertas pensando que somos quienes somos por un montón de razones, quizás nunca conozcamos la mayoría de ellas. Pero, aunque no tengamos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a donde vamos. Todavía podemos hacer cosas e intentar sentirnos bien con ellas.

 

Alberto Rojas Gómez

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1 Comentario

  1. Carlos dice:

    Este escritor,KAFKA, me parece desagradable ¿entiende usted, Alberto, que alguno de los propósitos de sus obras?

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