La sorpresa

Juan Velicia, alumno de nuestro querido amigo Tomas García Yebra, nos envía este precioso relato corto para su publicación. Ni que decir tiene de nuestro agradecimiento a ambos y nuestra invitación a Juan Velicia a continuar enviándonos sus relatos para el disfrute de todos.

Cosas de un Pueblo.


La sorpresa

Conocí el día exacto de la muerte del dictador y no fue ninguna sorpresa. Tenía noticia de los días en que iba a abdicar el Rey y no fue ninguna sorpresa. Sabía que iba a aprobar las oposiciones y que mi entonces novia me iba a dar el sí, y también sabía cuándo iba a ser padre. Nada de todo ello fue una sorpresa. Pero muchos años antes, aún niño, una mañana de Reyes, tuve de pronto una sorpresa.

Me había acostado con la secreta ilusión de unos estupendos regalos. Todos los niños somos buenos. Sí, verdad es que dudaba de la existencia de los Reyes Magos. Mi lógica no lo admitía, pero mis hermanos me habían asegurado que, en realidad, eran sus miles y miles de descendientes los encargados de transmitir ilusión a los niños del mundo a través de una organización que recibía las cartas. Y yo esperaba mi regalo en el salón.

Cuando desperté, la casa estaba en silencio. Era de día y, sin embargo, aún esperé un rato más, a ver si mi familia me avisaba. No podía más y me levanté deprisa de la cama y corrí por el pasillo hasta el salón y entré en la estancia.

Me quedé parado. Junto a la cegada chimenea no había ningún regalo. Miré en el resto de la estancia. Nada. Volví despacio. Miré en el comedor. Nada. La casa en silencio participaba de la misma nada. Volví a la cama despacio, compungido, y oculté mi cara bajo las sábanas. No quería que se descubriera mi pena, mi desengaño, y dejé pasar un largo rato con disimulo.

Cuando la casa despertó me levanté tímidamente. Me fui a desayunar y comenté a mi madre-

-¿No ha habido ningún regalo para mí?

-Ay, hijo. Has crecido y debes saber que los Reyes Magos no existen. Éramos papá y yo los que te traíamos los juguetes cuando eras más pequeño.

-Bueno, eso ya lo sabía yo. El año pasado pedí una cartera para los libros, como mis hermanos, y los Reyes me trajeron una cartera de plástico para los billetes. Pensé que eran tontos. Dudé un poco. Pero este año no había nada para mí y yo esperaba algún regalo.

-Tienes razón, hijo. Cuando yo era pequeña y ya iba creciendo, no creía en ellos, pero me hacía la tonta, porque pensaba que de lo contrario no me regalarían nada.

Así fue cómo el viaje por el pasillo de la casa aquella mañana supuso el tránsito  del mundo mágico a otro más real, tristemente lógico.

 

Juan Velicia

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