LAS MÁQUINAS LAS CARGA EL DIABLO


 

Las máquinas las carga el diablo

Las novelas de ciencia ficción nos han prevenido en muchas ocasiones de la revuelta de los robots contra el hombre. Algunas personas creen que ese será el fin de la humanidad. C. Chaplin nos  mostraba en la película “Tiempos Modernos” como las máquinas, gobernadas por palancas, se vuelven contra nosotros. Los aparatos, los programas y las aplicaciones deberían ser solo herramientas de ayuda al hombre para las tareas más duras, mecánicas o molestas pero no para todo y menos desde un móvil minúsculo. Me decía un informático hace poco: “Hoy en día todas los actividades laborales, lúdicas y personales están controlados por algún tipo de software”. Ósea que, en vez de robots con forma humana, el software ya podría amargarnos la vida o incluso rebelarse contra el hombre, como en la película de S. Kubrick “Odisea en el Espacio 2001”. Los lotes de instrucciones, inflexibles como leyes, que desarrollan los informáticos no pueden abarcar todas las excepciones con las que nos encontramos los profesionales diariamente ni todos los aspectos de la vida real. Al menos la ley la interpreta un ser humano pero con los algoritmos no se puede dialogar. Otro informático me comentó que si hay problemas es por mala programación y que los programas se revisan continuamente. La realidad es que actualmente el omnipresente mundo digital ya nos está complicando la vida más que facilitándola. Ni siquiera la innegable capacidad de almacenaje de archivos ahorra papel pues, la administración pública lo imprime todo.

Nuestro trabajo, las gestiones en el banco, que nos vea un médico, gestiones en Hacienda o la oficina del DNI, una entrada para el cine e incluso alquilar una pista de tenis, con el operario a un palmo de tus narices, no es posible sin pedir cita previa o sin Internet. Un pantallazo, un número de registro o un código de barras valen más que mil explicaciones. Ya se cree a las máquinas antes que a los hombres. De hecho, conozco a un funcionario investigado en unas diligencias penales porque el que diseña su maquinita portátil para un tipo ocasional de trabajo no la ha dotado de un botón rojo de parada o palanca para que fuera para atrás (como en la película de C. Chaplin para liberar a un operario de las ruedas dentadas). Los de la generación analógica, después de luchar horas contra los softwares en lo que antes se tardaban minutos, estamos continuamente tentados a estrellar los smartphones contra la pared o a desenchufar los ordenadores. El mayor problema en la consulta me decía un médico: “no es que aparezca un paciente con coronavirus… sino que se vaya la luz. Sin ordenadores no hay doctor, acto médico ni enfermo.” Como los que se ahogan en el mediterráneo intentando alcanzar nuestras costas, no tienen un registro de embarque no existen.

Seguro que lo de intentar “poner vallas al campo” se le ha ocurrido a algún político. Que todo se registre e informatice para tener datos actualizados en cada momento (quizá con la intención de controlarnos) y que la gente se busque la vida con los programas. Si lo intentas, compruebas que el sentido común es poco común entre los programadores, si preguntas a alguien te dice que te lo curres tú, que ellos ya han perdido suficiente el tiempo y si intentas seguir unas instrucciones siempre están mal redactadas. Internet es estupendo para muchas cosas, pero por este afán digital (quizá para ahorrar trabajadores) ya ha complicado las relaciones laborales y personales. Cada vez menos asuntos se pueden resolver personalmente, ni siquiera por el teléfono fijo y, si no sabes o no puedes hacerlo online ¡te jodes!

La confianza es la base de la humanidad. Ella ha permitido la colaboración y el éxito evolutivo pero, hoy se ha cambiado por un número de un sistema informático. Y, lo que es peor, algunas personas se han vuelto algoritmos, como la mayoría de los funcionarios o el de la caja de mi banco cuando insisto en pagar algún impuesto municipal en ventanilla y me remite al cajero automático. Pocos se atienen ahora a razones de índole humana como no llevar las gafas de cerca, vivir en una aldea, la torpeza digital o la edad. Al menos, habría que aplicar la coherencia a todos esos robots de carne y hueso como afirmaba un intelectual: “el que pueda ser sustituido por una máquina que se le sustituya”. El ser humano tiene empatía y no se limita a “un sí o un no se puede” todavía se diferencia de las software en que suele resolver los problemas. El teletrabajo, la realidad virtual, los video-chats, etc. ha venido para quedarse, ahora sobredimensionadas como consecuencia de la pandemia pero, va a deteriorar, en mi opinión, todavía más las relaciones sociales, poniendo en peligro la salud mental de los trabajadores y los consumidores.

En Silicón Valery se hizo dialogar a dos ordenadores programados para contestar a usuarios y aprender de sus respuestas pero, se tuvo que suspender el experimento porque empezaron a desarrollar un nuevo lenguaje entre ellos indescifrable para los informáticos. Ya existen softwares de reconocimiento facial que según los gestos, adoptan distintos tonos de voz para tratar de conectar emocionalmente con el interlocutor. Hay quien asegura que podemos estar ante el inicio de la “conciencia artificial”. Mientras que las máquinas ganan protagonismo los ancianos, los de ciencias o los analógicos estamos cada vez más perdidos. Espero que el 5G o “el internet de las cosas” sea tan sencillo como las órdenes verbales a los altavoces “inteligentes” porque si no, no nos va a hacer la vida más agradable. Los softwares toman demasiadas decisiones sobre las personas y no nos lo cuestionamos (a veces, han provocado algún accidente de coche por dejarnos llevar del GPS en vez de preguntar a un paisano). El contacto físico-emocional y la comunicación gesto-verbal entre personas son y serán imprescindibles para el bienestar. Pongamos pues, más humanidad para elevar la calidad de nuestras relaciones. “El software se hizo para el hombre no el hombre para el software”.
 


Ricardo Ruiz de la Sierra

Ricardo Ruiz de la Sierra, es un escritor que empezó a escribir movido por su inquietud humanística y el interés hacia la espiritualidad y colaborador de medios tan prestigiosos como el periódico “ABC” y diversas publicaciones en cartas al director en “El Mundo” de Valladolid y “El Norte de Castilla”, actualmente coordinador de las jornadas literarias de Ateneo Escurialense.

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