Mayo del 68

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Ricardo Ruiz de la Sierra

Esa primavera fue como todas en Paris, inestable en lo climatológico, pero, en mayo del 68 también lo fue socialmente. Una generación de estudiantes de izquierdas, más preparados intelectualmente que sus padres, protestaron contra el sistema político mundial de bloques y la demonización del comunismo.

Aunque no consiguieron cambiar ni al presidente Charles de Gaulle marcó la senda para otras primaveras de indignados. Quizás nada ha sido igual desde entonces y afortunadamente “las evoluciones” no causan tantos muertos como las revoluciones. Las primeras imágenes de la brutalidad policial en nuestras calles o la muerte en directo en Vietnam, con muchos detractores ya en USA, conmocionaron al mundo. El Marxismo y el Maoísmo se admiraban en las facultades europeas siguiendo a filósofos como Bertrand Russell y Jean Paul Sartre sin conocer en profundidad la realidad soviética o China. Revoluciones como la Castrista eran vistas con simpatía y personajes como el Che se mitificaron a pesar de que era un combatiente sin compasión con los prisioneros (incluso de trece años). El Vietcom se veía en la Sorbonne de Paris legitimado para instaurar la dictadura del proletariado, así como se justificaba la lucha armada para derrocar a otros dictadores de Latinoamérica.

La lucha contra el racismo era otra de las batallas que se libraba en USA el 1968, año del asesinato de Martin Luther King, de Bob Kennedy y el puño negro alzado en el pódium de las olimpiadas de Méjico. Pero el verdadero cambio de la sociedad y la “revolución” (sexual) “haz el amor y no la guerra” la proponía el movimiento pacifista hippy nacido en San Francisco en la década de los sesenta porque los jóvenes del mayo francés, con mejores trabajos que sus padres, pronto se deslumbraron por el brillo del dinero. La derecha liberal les hizo hueco para que se callaran y se amplió la clase media desideologizada de los burgueses acomodados. Desde que cayó el muro de Berlín, todos (menos los países nórdicos) han seguido el fundamentalismo económico de Margaret Thatcher y Ronald Reagan dando lugar a la consolidación actual del capitalismo salvaje y la desigualdad entre el norte y el sur por un comercio injusto. Cuando después algunos de aquellos jóvenes gobernaban en Europa ni se inmutaron cuando miles de estudiantes fueron masacrados en Tiananmen pidiendo los derechos más básicos: libertad política y respeto a los derechos humanos.

En España, hace cincuenta años, “contra Franco se vivía mejor”. Yo era un niño, pero mis hermanos mayores discutían sobre libertad con mi padre, cantaban canciones protesta, corrían delante de los grises y sufrían la ira de sus porras porque gobernaba un dictador. Los universitarios españoles del 68 no se manifestaban contra la guerra fría o la de Vietnam sino por la falta de desarrollo, partidos políticos legales y elecciones legislativas. Pero después, tras la exitosa transición, también se han aburguesado en el consumismo. Ya jubilados tienen casi todos una casa en propiedad, algo ahorrado, más años en salud que sus padres y todavía andan manifestándose por un aumento de sus pensiones. Nuestros hijos, con más idiomas que nosotros, son los “antisistema” de hoy o los del 15 M porque no pueden acceder a una vivienda, no tienen futuro laboral ni un ejemplo válido al que seguir (son más solidarios que nosotros porque son jóvenes). Algunos, los violentos, no recibieron ni educación porque ya fueron muy estrictos con nosotros o por estar todo el día trabajando para cambiar el coche, la casa o la pareja. La juventud de hoy está harta del bipartidismo corrupto y de que sean las multinacionales quien nos gobiernen. Bien es verdad que ellos pueden disfrutar la no discriminación por orientación sexual, raza o credo (el único supremacismo que queda, además del económico, es el nacionalismo catalán y ruso).

El mundo es muy distinto medio siglo después. En occidente la sociedad del bienestar material no deja un hueco para el tercer mundo que se ve obligado a emigrar jugándose la vida en el mar o en el desierto, dando por hecho que unas vidas valen más que otras (“el terrorismo siempre es económico” dice la antropóloga Karen Armstrong). El reto de las nuevas generaciones será decrecer para repartir y ser sostenible con el medio ambiente (quizás así tendrán bienestar espiritual también). De todas formas, es una lástima que otras “primaveras” de indignados pacíficos, en Ucrania o los países árabes, no hayan tenido éxito en la necesaria evolución hacia la democracia a pesar del riesgo de que se aburguesen.

Ricardo Ruiz de la Sierra

Ricardo Ruiz de la Sierra, es un escritor que empezó a escribir movido por su inquietud humanística y el interés hacia la espiritualidad y colaborador de medios tan prestigiosos como el periódico “ABC” y diversas publicaciones en cartas al director en “El Mundo” de Valladolid y “El Norte de Castilla”, actualmente coordinador de las jornadas literarias de Ateneo Escurialense.

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