Melodía otoñal

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Alberto V. Jiménez Muñoz

Cual sinfonía y contraste de colores y tonos, de sentimientos y avatares, de utopías que acechan propósitos insospechados, surge el otoño.

Otoño, para este que escribe, a diferencia de lo que el acervo cultural, nos tiene acostumbrados a entender y nos prescribe, que es la tristeza, tiene connotaciones de renovación, acendramiento, catarsis. Otoño es inicio, agua, vida, propósito constante, río de decisiones y directrices modulables dentro del ámbito de su cauce, es frescura para los sentidos, creatividad y música.

El cadencioso crepitar de la lluvia tras el cristal inspirando a esa mirada fundida en el infinito, y a través de la cual, transcribe el sentir un haz de sensaciones en un lienzo, un papel, un pentagrama…y hace que el genio emerja.

El olor de tierra mojada, mientras, la alfombra de anaranjada hojarasca contrasta con un fondo verde salpicado de un constante fluir de perlas transparentes que resuenan en una armonía melódica, lejos de todo, en compañía de la agradable soledad y tras ello, atravesando el nebuloso ambiente, de informes contornos de copas de árboles, acceder a una hoguera donde el olor a brasa y vino denso, satisfagan el momento.

Otoño es la época de las setas, por antonomasia, donde el conocimiento, el paisaje y ese sano juego al escondite participan de la época. Aquellos diminutos duendes, que pugnan por esconderse de nuestra capacidad de escrutamiento, de nuestra intuición. Aquellos “duendes”, ya no tan diminutos que somos nosotros, que también emulamos a aquellos y tendemos a jugar a escondernos de aquellos semejantes, ya no tan “duendes” y que buscan descubrir a donde nos dirigimos, por si, aquel preciado tesoro del monte estuviera tras nuestro conocimiento y así “regalarse” facilidades.

Pretexto de conversación en la compañía de un atardecer, yendo hacia el lugar donde recolectar las tan recurridas piñotas, para encender la lumbre, y dar vida a aquella cocina de gancho y arandelas, conocida como bilbaína o económica, donde las abuelas cocinaban a fuego lento aquellos buenos pucheros de alubias, mientras caldeaban la estancia… y en ese devenir, mientras atardece, el olor de las chimeneas a leña quemada.

En mi memoria, se revuelven recuerdos, en que varios días a las 6 de la mañana, esperando la camioneta colmada de carbón, dirigiéndose a la estación, los vecinos del pueblo aledaño, perseguíamos tal camioneta, que daba tumbos al rodar sobre los adoquines, desprendiendo bolas ovoides de carbón, las cuales recolectábamos en una bolsa para posteriormente mantener el calor en aquellos hogares indicados. E incluso, cuántas veces, alrededor del calor de la leña, escuchar aquellas conversaciones basadas en atavismos y otros comunicados de boca en boca y de generación en generación de hechos incomprensibles para la lógica, que suponían terror, ante el desconocimiento y anormalidad misteriosos.

Frenesí para los sentidos, olor a libro nuevo, bolígrafo, lápiz y sacapuntas, pinturas y rotuladores y también el avistamiento de ese empeño y desempeño que se iba a prolongar desde ese punto de origen, al mirar por encima los diferentes capítulos por los que íbamos a discurrir, dirigidos por el maestro.

Otoño cuenta en mi haber con “páginas” de senderismo, rutas, capacidad de orientación en bosque, y fotografía en estos escenarios, así como persecución de la historia también, teniendo trasfondo la orogenia rocosa, y el basto despliegue biológico de la época… y entre unas y otras actividades, algún catarrillo rebelde, cuando el agua fluye y uno pertrechado en el chubasquero para no mojarse, resuelve retornar al punto de origen, igualmente o más mojado, pues la “lluvia” penetra sin que te des cuenta, a través de la transpiración…

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