Pinceladas navideñas, a través de los ojos de un niño de antes

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Alberto V. Jiménez

La colorida luz, sobre el fondo de la noche, se expandía sin forma, ante mis ojos, como un eco de la realidad, un susurro de la vida, pues yo me encontraba, no acertaba a saber dónde, para mis sentidos el tiempo se había ralentizado. Un halo de sensaciones y sentimientos henchían mi interior, en armonía con el entorno, en el cual me encontraba a mí mismo y que en sinergia era medicina para mis sentidos, para mi espíritu. Ver a la gente que se saludaba y con lo poco que tenía era suficiente para hacer la vida grande pues no había necesidad de más, sino de la propia gente. ¡Qué pequeño todo y qué grande a la vez!

No hacía mucho habíamos llegado de otra ciudad próxima, en aquel Citroën 2CV, y recuerdo a mi padre aparcarlo un momento y bajar mientras nosotros le esperábamos, para recoger de alguien, las llaves del piso que nos iba a albergar. Aquella radio, marca National T-22, indicaba a través de su altavoz y con un fondo de guitarra clásica española, que desde el Cerro de San Cristóbal transmitía La Voz de Valladolid, su emisora, y el posterior sonido brillante de campanillas y villancicos anticipaba el momento del año en al cual nos adentrábamos. Bolas, campanitas y espumillón colgando de las lámparas con caprichosas formas retorcidas, brillaban tintineantes. Desde aquel piso de las casas de “Ibáñez”, como se las llamaba, en el paseo de San Isidro, a través de la ventana del balcón, se contemplaba una ancha carretera, y dos naves de ladrillo continuadas, eran de empresas, pero yo me fijaba siempre en el quiosco que tenían delante, en la acera que las bordeaba. Quería conseguir una linternita, con filtros de colores, que emulaban las luces de navidad, como la de Vicente, el hijo de Inés, la vecina, que me sacaba seis años, y se me antojaba que el quiosco la podría tener. Cosas de niño a punto de cumplir los cinco años.

Teatro Pradera en demolición

Mi padre un día cogió el Citroën, y nos acercó al centro. Pasamos por la Plaza de Zorrilla y recuerdo al teatro Pradera, en pie, a punto de consumarse el crimen, su inminente demolición.
Mi padre entró a la calle de Santiago, que entonces era traficable y aún no había vuelto a ser peatonal, y paró un momento el coche frente a una tienda de electrodomésticos, “Rodríguez Gachs”, pero que vendía también discos de vinilo pequeños, y salió en mano con aquel EP de “El tamborilero” de Raphael. Era menester tener este disco, y más, en tales fechas. Retomó la conducción, y aparcó el coche. Al bajar del auto, vi la real dimensión de la luminosidad navideña a lo largo de esta famosa e histórica calle llena de establecimientos. Estábamos a un año de que se inaugurase en Valladolid en tal calle, los famosos grandes almacenes Simago

Cartel anuncio de la inauguración de los supermercados Simago.

en los que un año después por las mismas fechas pude asombrarme pues nunca había visto unos grandes almacenes con tanta variedad de cosas, dos pisos y aquel engendro mecánico, en forma de escaleras, que subían y bajaban a la gente sin que esta se moviera.

Por los altavoces anunciaban que si comprabas una caja de tres botellas de fundador te regalaban un disco, y que si al escucharlo tras las canciones, y junto al anuncio, aparecía un corte que anunciaba premio, podrías además alegrar más tus navidades con una botella de “crema de lima”. Turrones, mazapanes, frutas escarchada, botellas de champán, alfajores, polvorones y sidra achampanada, llenaban los expositores, a la vez que, por los altavoces del comercio, sonaban tradicionales villancicos navideños.

Raphael-La canción del tamborilero

La gente no iba acelerada, saboreaba el momento, se saludaban con mucha cordialidad y se paraban a hablar. Había algo familiar en el ambiente que sin conocerse con los demás, no se era un desconocido. Todos nos mimetizábamos en el mismo sentimiento.

En la radio anunciaban “Chias moda” con el fondo de la música que adoptó para su show posteriormente Benny Hill, y ya a los niños se nos iba dando referencias, “Atención niños, los Reyes Magos recibirán hoy vuestras peticiones y os obsequiarán, en Muebles Lomu de 5 a 6, de 6:30 a 7:30 en La Orensana, de 8 a 9 en Muebles Jartum, y mañana de nuevo pero de 5 a 6 en  calzados Segarra, de 6:30 a 7:30 en juguetes Justo Muñoz, etc…los niños estábamos atentos y tomando nota, para repetir en cola en diferentes establecimientos, como que los Reyes Magos fueran tontos y no se diesen cuenta que repetías a fin de llevarte más caramelos, chupa chuses o globos. Había quienes con casi diez y ocho años, intentaban pasarse por más jóvenes y el rey aludía que si ya quería que le encargasen una maquinilla de afeitar…

Uno se ilusionaba pensando en la llegada de los Reyes Magos. Aún faltaban días. Mi madre me dijo que me traerían un rompecabezas. Una caja de cartón llena de formas cúbicas de madera, que en cada una de sus seis caras había parte de unos dibujos, diferentes que, combinados con las correspondientes caras de los otros cubos y en la posición correcta, darían lugar a seis dibujos completos.

Rompecabezas

Aún faltaban días, las tardes eran amenizadas en TV por programas como “El Jardilín” y “Los Chiripitiflaúticos”, programas sencillos, pero que enganchaban, que en sí  prodigaban una serie de valores en educación y respeto para los niños y tras aquellos, mi padre, si estaba en casa, ya que su trabajo le absorbía, entonces subía a la ermita de San Isidro en cuyo lateral había un gigantesco tronco a modo de banco, donde los vecinos del barrio subían y se sentaban a tomar el poco sol de invierno mientras conversaban. Para ello accedíamos al promontorio donde estaba la ermita por un caminito de tierra flanqueado por varias vaquerías donde los vecinos por la mañana con su lecherita de aluminio o plástico, iban a por su litro de leche diario.

Los Chiripitiflauticos

Y he aquí que este año fue el primero de muchos que le seguirían en las retrasmisiones de la lotería de Navidad, a través de TV. La coletilla por entonces daba un tanto de ¡veinticinco mil pesetaaas!

Llegaba Nochebuena y con ella una buena nevada. La presencia de mi prima Meri, que había venido unos días a visitarnos a Valladolid, al recién “estrenado” piso, desde Velayos, era un elemento añadido, que modulaba nuestras costumbres, dando ese punto de alegría y contraste. Mientras en aquel tocadiscos “Faro” de maleta, sonaba esa nueva adquisición reciente de mi padre y Raphael cantando a la Navidad, “El Tamborilero”. Mi padre nos adelantó que los Reyes Magos traerían también para la familia un cine NIC. Este cine era un simple proyector con una manivela, y las películas eran dibujos duplicados con mínimas diferencias, el superior con el inferior, y en  una especie de papel  cebolla que hacía de carrete, y el cual iba pasando lentamente al mover la manivela, siendo enrollado en el otro rodillo, a la vez que un sistema simultáneamente movido por la manivela, tapaba alternativamente una de las dos lentes, por lo que se proyectaba en el mismo sitio con esa alternancia la imagen de arriba y la de abajo dando sensación de movimiento.

Cine NIC

Olía la casa a cordero lechal, los langostinos ya estaban en su punto y una bandeja de turrones, polvorones, peladillas y piñones y la lata de piña en almíbar ponían el sello a la Nochebuena, así como el sonido del anual discurso televisivo. En la calle, el frío nieve y las luces navideñas se veían difuminadas a través de la niebla. ¡Qué bien se estaba en casita con la que estaba cayendo!

Por entonces, este que escribe, despuntaba artes inventivos y creativos, y a falta de una linternita como la de mi vecino Vicente, con filtros, este pedía a la madre de Vicente, Inés una bombillita fundida de las que retiraban de su árbol de Navidad cuando pasaba esto, y con una caja de linimento Sloan, del tío de los bigotes,  le endiñaba la bombillita en un agujerito hecho para ello, y con pilas gastadas que también pedía, las metía en la caja y ya tenía mi linternita, de funcionamiento imaginario, pues evidentemente no funcionaba.

Linimento Sloan

Así pasaban los días. Las campanadas de fin de año indicaban que otro año más se avenía y con él se acercaba poco a poco mi inicio en el colegio, pero para ello quedaban aún meses. Por la calle, la gente se seguía reencontrando, parando, reuniendo improvisadamente, preguntando por unos y otros, cordialidad y afecto, a pesar del hielo de las nevadas anteriores. Luces en el Paseo de Zorrilla, luces y comercios abiertos en la calle de Santiago, la gente comprando sus regalos. Para éste, la gente compraba con menos presupuesto, pero se apreciaba más lo comprado pues no era tanto el afán comercial cuanto sí el afecto puesto en lo comprado pensado en quién lo iba a recibir, por lo menos a este le parecía así.

…Y llegaba la noche de las ilusiones. La Cabalgata había discurrido por la Pza.  Mayor. Aun así, que vivíamos distantes, el hielo que aun en el barrio perduraba, no nos había impedido acceder al centro para verla. Pero cuando ésta terminó, comenzaba la cuenta atrás, había que irse pronto a la cama…éste con el nerviosismo casi no dormía pendiente de cualquier ruido, no sea que los Reyes…que si ¿ya habrán venido?, que he oído un ruido, que si ¿estará ya mi rompecabezas? Me rompía yo más la cabeza soñando con mi rompecabezas, antes de tenerlo para tal fin.

Amanecía y griterío vecinal, sonido de aparatitos electrónicos…al final, yo con mi rompecabezas absorto, buscando las mil maneras…

He aquí que os quería ofrecer un esbozo o bosquejo de aquellas navidades de mi niñez. Aun así, este siga siendo un niño, y más que eso, un diablo, que haciendo de vez en cuando diabluras, vuelva a ser aquel niño del año 1966 con frecuencia.

Felices Fiestas Navideñas

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