PITU: UNA HISTORIA CANINA

 

También desde el Taller de Escritura de Tomás García Yebra, nos envían este emotivo relato.

Cosas de un Pueblo.


PITU: UNA HISTORIA CANINA

Pitu era un San Bernardo grandote y manso que me acompañó en la vida durante doce años. Yo siempre había querido tener un perro, pero, por unas u otras razones, nunca había dado el paso. Cuando me divorcié, Alfredo y Laura, dos buenos amigos, me regalaron una bola de peluche de tan solo un mes de vida que apenas podía caminar. El animalillo me miró con ojos grandes de asombro y ladeó la cabeza; entonces supe que ya nunca nos separaríamos.

Mi vida se transformó instantáneamente; cambié las salidas nocturnas por las responsabilidades de un padre: las tomas de biberón cada pocas horas, los mimos, los esfuerzos por educar a aquella noble y tierna bestia, las salidas a pasear día y noche, con frío o con calor. Mi cama dejó de recibir visitas femeninas a medida que el animal, cada vez más grande, iba tomando posesión de una buena mitad de ella, con tanta dulzura como determinación. Si quería pasar alguna noche en compañía de alguna amiga, me veía obligado a quedar en su casa o en algún hotel; invariablemente, a la mañana siguiente, cuando sacaba a Pitu a pasear y hacer sus necesidades, él me miraba de soslayo y me daba la espalda, haciéndome sentir su celoso enfado. Pero era un animal cariñoso, y bastaban unas pocas galletas para sellar la reconciliación. Pasaron los años y nos hicimos mayores juntos. Pitu seguía enredando con los otros perros en el parque, aunque se le iba notando la edad en el andar torpe y lento, en la mirada algo turbia, y en la pata trasera izquierda que le hacía cojear. Su entusiasmo se fue sosegando, pero no su cariño ni su apetito.

Aquella vida sosegada y feliz se quebró una tarde calurosa y pesada de agosto. Pitu y yo hacíamos frente a la dura canícula con una siesta honda y placentera que nos impidió sentir su llegada hasta que ya era demasiado tarde. Cuando quise darme cuenta de los ladridos de Pitu ya le teníamos encima. El ladrón, un tipo corpulento y con el rostro cubierto, me descargó un golpe en el pecho que me cortó la respiración, dejándome prácticamente inmovilizado en el sofá y, de inmediato, se revolvió hacia Pitu asestándole un brutal sillazo que dio con él por tierra en medio de lamentos desvalidos. Sin concederse un momento de respiro, comenzó a desvalijar la casa en busca de dinero y de objetos de valor. Algo recuperado del golpe, encorajinado al ver al pobre San Bernardo en el suelo sangrando de un costado, me incorporé y me lancé contra el asaltante; forcejeamos en el salón. En plena lucha le arranqué al delincuente el pasamontañas que le cubría; eso le enfureció y se abalanzó sobre mí con una energía casi sobrehumana. Pese a mis esfuerzos desesperados me apretaba el cuello más y más; el aire me comenzaba a faltar a la misma velocidad que las fuerzas me abandonaban. En un postrer esfuerzo volví la cabeza para mirar a Pitu. No sé cómo él había logrado incorporarse y, echando espumarajos por la boca, se lanzó contra mi agresor embistiéndole como un toro; este, tomado por sorpresa, fue arrollado por los 75 kilos de perrazo. Salió despedido a la terraza para finalmente precipitarse al vacío por encima de la barandilla. La pesadilla había terminado.

Yo fui internado en el hospital, y Pitu en una clínica veterinaria. Vendado y en cama tuve que prestar declaración ante los policías y los empleados de la compañía de seguros. Unas semanas más tarde, Pitu y yo fuimos dados de alta. El reencuentro fue emocionante: caricias, lametones, arrumacos, galletas, ladridos…, y más galletas. Poco a poco recobramos la normalidad, aunque por las noches los dos sufríamos pesadillas en las que volvíamos a luchar por nuestras vidas.

Una mañana sonó el timbre de la puerta. Era un agente judicial que venía a entregarme una notificación del juez en la que se me informaba que el ladrón había muerto a causa de la caída y que su familia me había denunciado. Tuve que presentarme a juicio y pelear duramente por mi inocencia. Al final, el fallo del juez me absolvía, pero ordenaba el encierro de Pitu en una perrera y su posterior sacrificio, al considerarlo potencialmente peligroso para las personas. Anonadado, pero decidido a no rendirme, abrí una campaña de recogida de firmas en redes sociales para solicitar al Gobierno el indulto de mi perro. Se reunieron 300.000 firmas en apenas cuatro semanas que se entregaron en el Ministerio de Justicia.

Pasaron ocho angustiosas semanas en medio de polémicas políticas y periodísticas en torno a la petición, pero el Gobierno dudaba, atrapado entre la presión popular y el temor a desairar a la Judicatura. Finalmente, el Consejo de Ministros rechazó la petición; el animal sería sacrificado en el plazo máximo de tres días. Me vine abajo preso de una paralizante depresión. Pitu, como siempre que me veía apenado, se acercó, me miró con las cejas levantadas y se acurrucó conmigo en la cama; cabeza con cabeza nos rendimos a la pena y al sueño. Al amanecer, me desperté sobresaltado. Volví la cabeza y Pitu seguía tumbado a mi lado, pero no se movía, no respiraba, estaba muerto. Ahora quiero pensar que, presintiendo su final, él había preferido terminar junto a mí, en su mitad de cama, y no en una fría habitación sin ventanas, rodeado de personas extrañas que nada sentían, que se limitaban a cumplir con su trabajo un día más, uno como tantos otros.

 

Fernando Jiménez de la Hera

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