Rincones de mi memoria

 

Rincones de mi memoria

 

Un poco a las afueras hay una playa siciliana con dunas amarillas, flores blancas y barquitos boca abajo. En invierno siempre está desierta. De niño me gustaba recorrerla con la mirada hacia abajo, intentando encontrar monedas, juguetes, trozos de embarcaciones y brújulas de naufragios; balas de la guerra mundial y puntas de sombrillas. Me gustaba sentir nostalgia por unos recuerdos que no eran míos. No echaba de menos la presencia, sino la ausencia de las personas, a través de las cosas que perdían.

Los días de siroco soplaba un aire húmedo y africano que traía arena del Sahara tras cruzar el mar. Y, cuando llovía, agua y arena lo pintaban todo de amarillo. Hay un pueblo en mi pasado cuyos rincones me sé de memoria. En unos vuelvo con placer, pero hay otros que me gustaría olvidar. Y si a veces paso por ahí es por casualidad, es que me perdí buscando otro lugar. Hay una estación de ferrocarril y la gente habla como en Milán. Los andenes, debajo de un enorme túnel de acero y cristal, con forma de vagina. Los trenes, al llegar, parecen penes a punto de eyacular. Los hay de alta velocidad, de ahí salen directivos de traje y corbata. Y trenes de media y corta distancia para los estudiantes. También los hay de larga distancia, viejos y sucios. Con estos llegan los terroni, italianos del sur que venían a buscarse la vida. Y ahí llegaba yo. Y cada vez me quería morir. En los días de nieve, las casas blancas parecían tumbas de mármol en las calles de un cementerio monumental.

Hay un pueblo en mi cabeza donde, cada vez que vuelvo, descubro algún detalle más. A veces veo las cosas de forma diferente, no tengo las mismas sensaciones. Hay un puerto del noroeste de Inglaterra. El cielo gris, el agua marrón. La lluvia fría hasta en verano. A unos metros de ahí el bar donde tocaban los cuatro de Liverpool. Y un poco más alejada, la Catedral de St. Paul, con su cementerio que parece más un jardín. Las lapidas antiguas, cubiertas de musgo. La gente va a correr y los chavales a fumar. A unos cuarenta minutos, justo enfrente de la estación de Piccadilly, está mi club favorito, con su chimenea, el billar, los baños que huelen a naftalina y el dj que acepta peticiones. A un par de horas más al norte, soplan vientos fríos y húmedos, de las tierras altas de Escocia. Todavía me acuerdo de las noches oscuras escondido en casas con ventanas muy grandes para que entrara más luz. Pero la luz no entraba, entraba el frío. Y se veía la lluvia. Y dentro, nosotros dos, pisando la moqueta, cocinando pasta y tortilla, y soñando con el sur de Europa.

En mi pueblo abandonado ya no queda nadie. Ni nada. Las personas son fantasmas y las cosas desvanecen al tocarlas. Solamente quedo yo, si algún día quiero echar cuentas con el pasado, a veces quedándome atrapado.

Con un reflejo muevo los ojos. Los vuelvo a centrar en un punto fijo.

Hay que poner la lavadora y hacer la compra. Y luego vivir. Para que el pueblo siga creciendo en su abandono.

 

                                                                                                Dario Vetrano

 

Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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1 Comentario

  1. Antonio Sanjuán Ramirez dice:

    El relato de Dario muestra una nostalgia que se nos está manifestando, a gran parte de personas, en estos días de confinamiento. No son de esos pueblos pero sí de otros…
    Gracias Dario por llevarme al mío.

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