Romance en la estación

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Desde el “Taller de Escritura de Tomás García Yebra”, nos llega un nuevo relato, precioso y lleno de sentimiento de la mano de “Pluma de Apache”


Romance en la estación

Era más de mediodía y me quedaba tiempo para comer algo y tomar el tren de cercanías; tenía que desplazarme fuera de mi ciudad por motivos de trabajo. Entonces me dirigí al restaurante; había una persona que aguardaba el turno.

– ¿No pasa? -pregunté
– Aquí dice que hay que esperar -respondió, indicándome con la mano un letrero, que yo no había visto.
– Tiene usted razón -hube de reconocer-, no lo había visto.

Entonces se acercó un camarero que nos indicó que podíamos pasar y sentarnos; él me conocía, pues habíamos hablado en varias ocasiones.  Me miró primero a mí, pero enseguida se dio cuenta de su despiste; entonces se dirigió a ella, indicándola la mesa que podía ocupar, luego a mí.

– Siéntese aquí -la dijo a ella
– Y usted aquí -dirigiéndose a mí.

Un azar fortuito quiso que nos sentaran uno frente al otro; entre ambas mesas mediaba una distancia, la adecuada para poder andar sin molestar a nadie. Yo me daba cuenta de la diferencia de edades entre ambos, entre su juventud y mi edad otoñal. Empero, pese a ello, era obligatorio reconocer en ella un estilo elegante y educado.

Esta distancia entre ambas mesas no era óbice a nuestra visión mutua y detallada -por lo menos para mí; como, por ejemplo, saber lo que habíamos elegido del menú, apreciar los ademanes al tomar los cubiertos, y otras observaciones personales.

Fui adoptando una calma durante la comida, sin otro fin que el seguir su misma pauta y de cuidar unos modales parecidos. Así, casi llegamos a la vez al postre.

Al levantarme de la mesa, no me parecía bien irme sin despedirme, como si no hubiera significado algo, y me dirigí a ella.

– Señorita, me ha encantado comer con usted enfrente -la dije en voz baja
– A mí también -respondió, riendo
– Bueno, tengo que irme -añadí, sin retirar la sonrisa
– Adiós -me dijo, manteniéndome su sonrisa.

Al día siguiente volví, y al siguiente, …, así varios días, pero no la volví a ver.

Aquel encuentro fue maravilloso, y me recordó aquello que dice una canción: “Como un rayito de luna entre la sombra dormida, así la luz de tus ojos ha iluminado mi pobre vida”.

Pluma de Apache

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