Sensaciones y bosquejos del recuerdo

En modo de relato nos trae Alberto V. Jiménez recuerdos de la infancia en nuestro vecino pueblo de Navalperal.

Cosas de un Pueblo.


Alberto V. Jiménez Muñoz

Un débil fragor precedido de un hueco bufido, aullaba en la lejanía y según se acercaba y aumentaba el suelo de la habitación comunicaba levemente la vibración al recinto. Las camas a su vez, con ello, acunaban el ligero sueño, que mantenía un canal más consciente, en donde un nivel de vigilia acercaba ciertas sensaciones ajenas al sueño para posteriormente entremezclarlas con este. El maullar nocturno de los gatos, las campanadas del reloj del ayuntamiento en la plaza, o el espectacular trasiego de los trenes, cuyas vías, en las proximidades nos allegaban esos bufidos, esos triquitraqueteos y esos aullidos modulados en su aproximar y alejar, se colaban por el ventanuco de la habitación. Entre sueños me decía a mí mismo, las seis menos cuarto, es el tren de las seis menos cuarto, y posteriormente abría los ojos, viendo en la penumbra de la habitación, la proyección de la leve luz del amanecer que germinaba desde el ventanuco alargándose hacia la pared. La abuela acababa de pulsar la pera que colgaba en el cabecero de su cama, encendiendo así la luz de la habitación, y oficiando un ritual diario, tras sus rezos, encendía un día más su radio, una antigua Sanyo 6C-11. “Buenos días, el tic-tac del reloj que escuchan de fondo, indica que comienza un día más, una nueva edición de Radio-Hora para llevar a sus hogares notas de interés general y la hora exacta minuto a minuto, hoy estaremos….Radio-Hora, piiiin, 6:01 min hora exacta”…

Empezaba un nuevo día. El ronroneo de la camioneta que llevaba carbón a la estación, no se hacía esperar. Ya había gente para escoltar su trémulo discurrir por el camino irregular de adoquines, bolsas en mano, cogiendo el carbón que esta dejaba a su paso por el vibrar ante las anfractuosidades del terreno y que harían valer en esas cocinas de hierro y arandelas, donde la leña era la materia prima para esas buenas comidas y ese calor de hogar tan entrañable. Hoy habíamos llenado otra bolsa…”Radio hora, 6:28 min hora exacta…comercial Fagido, Alberto Aguilera 50, 1ª planta, pi pi pi piii, una pitón aparece en un barrio residencial de Madrid, continuación…” La abuela preparaba el desayuno y unas tazas de poleo con manzanilla, recolectados la semana anterior. Poco después, me acerqué a por agua a la fuente y a por leche donde la Hilaria, quien como siempre amablemente sin dejar la campechanía, me trataba.

Ya con mi lechera llena, habiendo cogido el pan a la Victoria y unos churritos a la Gloria de vuelta a casa el sonido agudo a modo de fiscorno o turuta, llamaba la atención, tanto a mí como al vecindario y proseguía un “De parte del Sr. Alcalde, se hace saber…”, ya estaba  Domingo dando su pregón matutino que era como entonces se hacía pública la actividad del ayuntamiento de la comunidad y sus bandos. Posteriormente, ya en casa, la abuela me instó a que cerrara la basura en bolsas pues estaría a punto de pasar el “burro de la basura”, esto era, un carrito tirado por un burro al cual desde la ventana se podía atinar la basura a su paso para no tener que bajar y dar más trabajo al operario del ayuntamiento que lo llevaba.

“Radio-Hora piiin, 8:59 min hora exacta, y…así Sres. finaliza otra edición de radio-Hora, en la sintonía de Radio España, mañana Dios mediante volveremos…realización Enrique Dauxá y Rigoberto Ferrer Alvarez”…El mercadillo esperaba, frutas , verduras y hortalizas, principalmente, para posteriormente acercarnos donde el colmado de Ferrero “El Zamorano”, o de Juanito (el de la Paula Muñoz) o de Manuela (la Económica), según. El bullicio que desprendía parecía que era más que un lugar para compras un centro de reuniones donde las vecinas se encontraban y formaban sus corros de conversación a la vez que compraban y opinaban si eso o aquello era mejor y más barato allí que allá, que si yo lo compré en otro puesto que…, que si “¿te has enterado de lo del Paco?”, “¿Vas a venir a lo del cura, del otro día?” etc…y así la mañana iba discurriendo…

En casa nuevamente, apartábamos de la cocina bilbaína, el puchero que habíamos dejado a fuego lento con el rescoldo de la leña y aquel carbón cogido otro día de lo que perdía aquella camioneta de la estación. Era ya la una de la tarde, comeríamos y nos echaríamos una siesta hasta las cuatro de la tarde, donde mi abuela conectaría otra vez su Sanyo 6C-11 para escuchar el serial radiofónico, en su capítulo 147. Mientras merendábamos, las lágrimas de los personajes, ese sentimentalismo exacerbado y vehemente y los “ruideros” de la radio, creaban la escena con los sonidos ambientales dando ese clima que requería el personaje. Que si Juana Ginzo, que si Gullermo Sautier Casaseca, Matilde Conesa, Matilde Vilariño, Pedro Pablo Ayuso, daban colorido sentimentalista a la hora lacrimosa española.

Mi abuela ya me instaba pues nos disponíamos a salir, y según qué día, a jugar a la baraja con su tío Benjamín, viudo de una hermana de su madre, y a mí se me antojaba aquella escena creada por José Luis Perales en aquella composición suya y que interpretó con acierto “Cosas de Dña. Asunción”. En otras ocasiones, iba a conversar con su prima lejana, María (Maruja) “la francesa”, o con  su otra prima muy lejana en el “Hotel los Geranios”, dónde estaban también Mari Luz, con unos primos míos muy lejanos, Lolo y Merceditas, con quienes jugaba, e ingeniábamos cosas que nos hacían pasar una gran tarde, aun así no para los mayores cuando estos las descubrían…

Las tardes que me eran más llevaderas, cuando por el camino del Saltillo paseábamos con Julia la mujer de Pedro el zapatero, merendábamos en aquel pinar donde cogeríamos bolsas de piñotas para la lumbre, cada día, y que hoy su base está ocupada por los ladrillos y hormigón de una urbanización. Mientras, el cantar del cuco se escuchaba y resonaba en la inmensidad, la conversación fluía y posteriormente a la vuelta a casa, el olor a leña de las chimeneas vecinas.

Tras todo esto quedaba ya cenar las sopitas de ajo de mi abuela, oyendo en su Sanyo y en una emisora lejana, entre algo de ruído, el nuevo tema de Mari Trini “Yo confieso”, posteriormente la partidita al tute o parchís o la oca, según, con mis rabietas de mal perdedor, o mis “chinchas” si ganaba, y a partir de las 22:00 a conciliar el sueño.

Recuerdo una anécdota en una calurosa noche de verano, en la cual por ello no podíamos cerrar los ventanucos, y sonaba la música en el tablado de la plaza que se nos colaba por el ventanuco. Mi abuela decía que ya estaba ahí la pachanga con su chunda chunda. Intentamos conciliar el sueño, pero no podíamos ni tampoco cerrar los ventanucos pues nos asábamos de calor. La pachanga seguía, pues, en la plaza con su chunda chunda, que se colaba y no dejaba que Morfeo actuase de oficio. A las 3 de la mañana oigo a mi abuelita, Alberto ¿estás despierto?, al asentir y no poder conciliar el sueño, nos levantamos y mi abuela por aprovechar el tiempo, se puso a cocinar el pollo de la mañana siguiente, esto a las 3 de la madrugada. La pachanga se calló. Cocinado el pollo volvimos a intentar dormir. Este pollo de las 3 de la mañana se ha inmortalizado de tanto contarlo…ya en los primeros envites de sueño, oímos unas vocecillas desde el otro lado, desde la ventana del saloncito. Veinte en bastos, arrastro, las cuarenta…me levanto y miro por las ranuras de las contraventanas y cuatro borrachos jugaban a las cartas sentados en la acera a la luz de la farola…Al poco rato “renunciooo”, “ tramposo, cagüen la p—a”…etc. Eran las 5 de la mañana. Al despertar por la mañana y abrir la puerta, toda la acera estaba cubierta de cartas de baraja, esparcidas aquí allá y acullá, resultado del grueso enfado, sobremanera, del paisano, en ese vital y vigoroso renuncio.

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