SI LO NOMBRO LO ROMPO

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No podemos más que agradecer a nuestro querido colaborador Joseba Amigo, el precioso y emotivo relato que nos envía a modo de regalo en nuestro primer aniversario y dedicado a la memoria de nuestro común amigo Sergio Martín Peña. Sin duda más que merecedor del apellido que lleva.

Gracias AMIGO.


“Ha pasado ya un año desde que dejé el barrio para hacer las Américas. Un año largo ya. En lo básico, mi vida apenas ha cambiado, sigo haciendo lo mismo: Trabajo en un bar igual que allí, solo que ahora es un restaurante y es mucho más grande. Aquí todo es más grande, los barriles de cerveza son más grandes, los vasos de caña son más grandes (les llaman pintas o medias pintas), las hamburguesas son más grandes, las fuentes de patatas son más grandes y las cantidades de condimentos con los que sazonan sus alimentos son mucho más cuantiosas. Hasta los clientes son también más voluminosos: Solo ayer he contado al menos cuatro, dos veces más grandes, que el más grande que había visto en el barrio. Si habéis llegado hasta aquí igual os estáis pensando que me he ido al País Vasco, pero no, he cruzado el charco.

De niño no recuerdo haber tenido una noción clara del tamaño de las cosas ni de las distancias: Cuando viajábamos 500 km al sur a ver a mis tíos, enseguida perdía la conciencia de la distancia y me parecía que habíamos ido a la calle de al lado. Aquello de veranear en la playa era todo un acontecimiento en el barrio, y eso que nosotros solo lo hacíamos una vez cada cuatro años, matemáticamente, además. El caso es que aquella noche uno se sentía mayor: Para un niño era extraño estar en el barrio, empacando el viejo Renault, a las tres de mañana, ese período en el que uno se piensa que la ciudad está habitada por terribles monstruos que te van a morder los piececitos si no escondes la cabeza bajo la sábana. Al final, era triste, pero lo más parecido que veías a un monstruo, era la vecina, con los rulos que le habían dejado en la cabeza, en la sesión vespertina de peluquería.

Durante aquel éxodo costero, ocurrían siempre varios sucesos que se repetían progresivamente: El vecino que siempre asemejaba la situación con la de las familias que emigraron durante la Guerra Civil, el vecino que se había pasado un pelín con el ponche y no paraba de contar chistes verdes mientras su mujer le reprendía avergonzada: “¡¡¡Luis, que hay niños delante, hombre por Dios!!!”… Sin embargo, lo más llamativo era ver como se llenaban los coches de todo tipo de herramientas y utensilios de nula utilidad en la playa, pero qué, según mi padre, había que llevarse “por si acaso”. Los “por si acaso” iban siendo encajados en plan “Tetris” y cuando ya estaban todos milimétricamente situados, entrábamos los demás y ¡¡¡CABÍAMOS EN EL COCHE!!! Ese era el gran misterio de las matemáticas, y a su vez, el secreto de su grandeza. Einstein no se merecía su Premio Nobel más que toda aquella generación de ingenieros de barrio.

Odio las Matemáticas, ¿Os lo había dicho?, y eso que aquellos viajes apretados en el viejo coche iban sobrados de números: los que hacía mi padre sobre las cuentas del bar durante todo el viaje, el número de veces que preguntaba mi hermana que si “¿queda mucho?”, que si “me hago pis”, o a mí contando vacas del uno al millón, a ver si me dormía. Era un viaje muy cansado, pero molaba, lo más divertido era cuando llegábamos al destino y mi hermana decía que se quería volver a casa. Tendríais que ver la cara no geométrica de mis padres en ese momento (una cara no geométrica es una cara no plana, es decir, un rictus que te está diciendo que no sigas por ese camino porque está en obras y puedes accidentarte).

Cuando cruzábamos la puerta de casa de mi tíos, siempre se producían matemáticamente las mismas puyas en forma de reproche de mi tío Paco: “A ver si venís más”, y las mismas excusas de mis padres (“Si es que no tenemos tiempo”, “el bar, ya sabes”, “los críos…”). Yo, en ese momento ya me había ido con mi hermana a jugar con el jefe, un hermoso gato negro llamado Gold, que entonces me parecía como del tamaño de una pantera, pese a que el pobre apenas pesaba tres kilos y medio y estaba medio cojo de una pata delantera (lo de jugar es un decir, porque nunca tenía muchas ganas y algún que otro arañazo nos regalaba de vez en cuando, entonces ya no quería ni acercarme hasta pasada una hora, en la que la memoria pez de niño ya había actuado).

Para mí, Gold era como mi Tío, cuando mi madre llamaba a mis tíos, yo me ponía al teléfono y preguntaba por el “Tito Gold”: “Que no, que soy tu tito Paco”, me contestaba irritado. Entonces, le devolvía el teléfono a mi madre, ese señor no me interesaba ni de cerca tanto como el Tito Gold. Me acordaba a menudo de él, entonces, agarraba la mano de mi madre y le decía: “Venga mamá, cámbiate que nos vamos a ver al Tito Gold”, como si la casa de mi tío estuviese a 500 metros en lugar de a 500 kilómetros. ¡Qué paciencia tenía mi señora madre! ¡Y Como quería yo a mi Tito Gold!, lo quería tanto que muchos años después honré su memoria con dos preciosos perros.

Lo mejor era cuándo íbamos a la playa. Mi tío revisaba el coche de arriba abajo buscando los bañadores que se le habían olvidado a mis padres: “¿Y el candelabro éste?”, “Nada, por si acaso”. Entonces íbamos a ver a Julia, la del bazar de al lado que nos achuchaba como si fuésemos peluches: “¡Pero qué grandes están!”, “¡Fíjate como han crecido!”, les decía matemáticamente una vez cada cuatro años a todos los clientes, vecinos y familiares que iban pasando por la tienda, en ese interminable momento previo a la compra de los bañadores. “¡Jaime, hijo, mírale, está ya casi más alto que tú! – ese era el momento crítico: Una madre usa el “casi” como recurso para enaltecer a otro, pero no lo suficiente, como para que ello pueda hacer de menos a su propio hijo: Jaime era el hijo de Julia, tenía un año más que yo y cada vez que su madre le arengaba, se colocaba a mi lado y se estiraba como un papagayo para parecer mucho más alto de lo que en realidad era. Cosas de críos.

Después de que Julia hubiese hecho el Agosto con nuestros bañadores de oferta (“Se venden muy bien éstos”, decía mientras veías toda la mercancía prácticamente sin desembalar), nos íbamos a la playa a hacer castillos de arena, mientras los papás se contaban sus cosas de mayores y debatían acerca de cuál de los transistores a pilas era mejor. Alguna vez íbamos con “nocturnidad y alevosía”, y en el silencio de la noche, miraba fijamente al océano sin ser consciente aún de su inmensidad. Miraba, y veía entonces, luces al fondo, a distancias imposibles de determinar y me preguntaba, melancólica y románticamente, que sentirían aquellas personas que estuviesen en ese momento en aquel avión o barco, que seguramente fueran aquellas luces.

Años después, descubrí la respuesta por parte de un amigo. Él había estado perforando el suelo, desde una plataforma marina y en horario nocturno: Se sentía mal, pesaroso y triste, y durante sus largos períodos de estancia laboral lejos del hogar, echaba muchísimo de menos a su familia, y todo ello, pese a que trabajaba relativamente cerca de la costa.

Y de repente, aquí estoy yo, al otro lado del atlántico por lo menos. Es curioso que haya pasado un año ya, y como os dije al principio en esencia casi nada haya cambiado. La ciudad de Los Ángeles me ha recibido estupendamente, he sentido el cariño desde el principio, y eso ha hecho que se mitigue mucho el dolor que siento por la distancia con mi familia, especialmente mis padres y mi hermana, a los que echo muchísimo de menos, y también a mis perros, seguramente a estas alturas, Zarco y Rasta ya han sido padres.

En el restaurante estoy de lujo, así que no os preocupéis por la adaptación, y mis compañeros de piso son majísimos, uno de ellos dice ser Mago y ya le hemos dicho de cachondeo que a ver si se saca un perro de la chistera: ¡estamos pensando en acoger un perrito, en serio! Y con el inglés ya no tengo problemas: voy a clases todas las tardes. Mi profesor es un hombre muy serio, pero parece buen tipo, está casi calvo, con un prominente bigote y bastón, le gusta que le llamen “Maestro”, palabra que pronuncia con mucho énfasis. Me recuerda a alguien del barrio, aunque no sabría concretar a quién. Durante la primera clase no abrí la boca, estuve trece horas en silencio, no recuerdo ya muy bien la razón, porqué todo aquello lo veo ya confuso y lejano, como con una sensación extraña de que hay algo que jamás entenderé. El Maestro tampoco me presionó en nada, simplemente me dijo que me tomase siempre el tiempo que necesitase para todo, o en realidad, no me llegó a decir nunca nada y todo me lo imaginé, no lo sé…”

Fueron dos golpes al suelo, dos golpes fuertes y precisos de bastón, con los que el viejo maestro sacó al joven de su ensimismamiento. Era una clase enorme, aunque aquel día estaba extrañamente vacía, los alumnos estaban todos fuera protestando por lo injusto de la llegada del nuevo. Lo hacían siempre que la lista se engrosaba con una persona más y aquel día la sensación de vacío era difícilmente soportable, pero era una liturgia que había que seguir, una liturgia que formaba parte de la costumbre, del derecho consuetudinario de aquel lugar. Ya habían pasado trece horas desde que había cruzado la puerta del aula y el viejo maestro y él no se habían dirigido aún la palabra. En la pizarra había escrita una única frase: “Si lo nombro lo rompo. Busca tu Respuesta”. Y entonces, aquel muchacho nuevo supo cuál era su respuesta:

– “Y de repente algo se acciona, y en ese momento sabes que las cosas van a cambiar, y han cambiado”, creo que es lo más justo que tengo que decir para romper el silencio, Don José María.

– Bienvenido a casa, Sergio.

Dedicado a la memoria de Sergio Martín Peña.

PD 1: Creo que pasado un año de la fundación de Cosas de un Pueblo, es de justicia, dedicar este relato a la memoria de Sergio y a todos sus familiares y amigos, especialmente a Rocío, Javi y a Sara. Mi novia dice que al ser muy grande doy mucho calor, así que espero que os llegue parte de ese calor en forma de afecto y cariño. Me ha costado mucho escribir esto, llevo meses con la idea y sin saber muy bien como plasmarla, pero creo que al final me ha quedado una bonita metáfora, espero que os haya gustado, la he hecho con la mejor de mis intenciones. Decía un viejo proverbio polaco que “No hay mañana que deje de convertirse en ayer”, puesto que al final sobreviven siempre los buenos recuerdos, esos mismos que hacen que esboce una sonrisa cada vez que veo a mi padre en sueños y que me hace sentir todo el cariño que le tenía. Sé que vosotros recordáis a Sergio de la misma manera.

PD 2: Obviamente, tengo que acordarme de ese Mago Blanco que ha sacado adelante este proyecto, a pesar de la poca colaboración que ha recibido, y con las horas que se deja en el día a día entre el trabajo y la página. Pero ahí estás, un añito de “Cosas de un Pueblo”, un añito del “Tío Paco”. Te felicito por los próximos cinco años “por si acaso”.

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