TÓCALA OTRA VEZ SAM

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¿Te atreves a viajar a través del desierto a lomos de un Mustang del 74? Después de un largo tiempo ausente en estas páginas nuestro querido Joseba Amigo, vuelve superándose una vez más con otro de sus relatos.

Cosas de un Pueblo.


TÓCALA OTRA VEZ SAM

No podría asegurar a ciencia cierta dónde se encontraba, pero el calor era infernal en aquella carretera secundaria, y para colmo, ciertos ruidos extraños provenientes del motor del coche se mezclaban con la triste música que sonaba a través de la radio. Había intentado cambiar el dial varias veces a lo largo del viaje, pero siempre saltaba el mismo puto y melancólico canal. Estaba claro que el viejo Mustang del 74 ya no daba para mucho más, y mientras iba agotando sus últimos kilómetros por aquellas tierras desérticas, no aparecía gasolinera alguna. En otra situación, le habría dado igual que su compañero de viaje le dejara tirado en cualquier momento, pero llevaba más de 300 largos kilómetros sin atisbo de vida alguna, con lo que no tenía pinta de que fuese a aparecer nadie si le tocaba hacer auto stop. Y eso sí que iba a ser una jodienda.

El viejo Mustang blanco con sus coloretes rojos en el parachoques llevaba más tiempo con él que cualquier otra persona que se hubiese cruzado anteriormente en su vida. Desconocía su pasado: ya era de segunda mano cuando se lo compró a aquel vendedor de dudosa reputación. Sus amigos de entonces intentaron convencerle de que aquel compra venta no era de fiar, pero él ya se había enamorado de aquella carrocería blanca nada más verla y había decidido que tenía que ser suyo. Tal fue el empecinamiento que al final terminó empeñando su casa para comprarlo.

Pero eso fue hace muchos años, mucho antes de conocerla a ella.

Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien”, la canción de Ana Belén volvía a sonar en el dial y ya había perdido la cuenta de las veces que se repetía cual disco rayado. De repente le dio por golpear la radio repetidas veces a ver si así saltaba la cancioncita de marras, pero en lugar de eso, empezó a hacer unos ruiditos como si intentase cambiar de dial y se apagó.

Eso fue justo antes de que el coche empezara a avisarle de que hasta ahí habían llegado, mediante una serie de espasmos breves y humo saliendo del capó. Estupendo, lo que le faltaba ya por hoy.

Miró al horizonte y el panorama no resultaba muy halagüeño, vamos, que no se veía absolutamente nada. A unos metros divisó un letrero. El polvo tapaba totalmente la visibilidad de las indicaciones que pudiera tener. Cualquiera que fueran éstas, tenía pinta que hacía años que pasaron a mejor vida. Pasó un trapo por el letrero: a un kilómetro había un motel y una gasolinera, no sabía si aún lo seguiría habiendo, pero menos era nada, así que cogió el petate y se separó por primera en 50 años de su viejo Mustang blanco.

El viejo motel de carretera seguía funcionando, pero parecía como si hacía años que el tiempo se hubiera parado allí. Un anciano tirado en una hamaca comentó, previo pago de una moneda, que por allí apenas venía nadie ya y que los surtidores de gasolina expendieron la última gota de carburante a finales de los años ochenta, pero que aún se podía alquilar una habitación y disfrutar de una buena cerveza en el bar. Lo de arreglar el coche de momento parece que tendría que esperar.

Para estar el motel allá donde Cristo perdió el mechero, en el bar había algunas personas: para ser exactos, 5 contándole a él. Todo un éxito para como estaba ya de cochambroso el local. Polvo y telarañas recordaban que le hacía falta un buen lavado, la última fiesta de Halloween celebrada debió haber sido antológica. Había un piano y una gramola, el piano tenía pinta de estar desafinado desde hace eones, la gramola directamente había muerto.

Pidió un Whisky y se sentó en una de las mesas, la radio escupía canciones melancólicas, todas las que a ella le gustaban y él odiaba. Decidió que a pesar de las circunstancias era buen momento para beberse hasta la última gota de alcohol de la tasca.

A medida que iban cayendo las bebidas espirituosas, su mente fue retrotrayéndose a tiempos pasados, mientras le iban viniendo de nuevos recuerdos inconexos, como un cristal de baño roto en el suelo. Hasta ese momento, no se había percatado de qué estaba sonando de nuevo la misma canción de Ana Belén, “Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien”. Y en verdad, estaba empezando a sentirse bien. En ese momento, un hombre trajeado que se encontraba pensativo en una de las mesas, se puso al piano; empezó a imaginárselo en Casablanca, mientras Humphrey Bogart le pedía “Tócala otra vez, Sam”. Y tal vez, solo tal vez, Sam, alguna vez en su vida, pudo mirar a los ojos a una Ingrid Bergman cualquiera y decirle aquello de “Siempre nos quedará París”.

“¿No te parece un trato justo?, – otra vez aquella frase en su cabeza, y después cristales rotos. Aquellos recuerdos volvían una y otra vez a su cabeza.

Sam seguía al piano mientras deleitaba a los comensales con melodías tristes, cuasi fúnebres. Su mirada nostálgica y perdida lo decía todo. Tal vez en algún momento de su vida alcanzó la cumbre, pero al final había terminado en aquel motel sin nada más que la música en sus dedos. Una lágrima hizo amago de aparecer en sus ojos pero el pianista se contuvo.

La mujer se acercó a consolarlo, portaba una copa en una mano y un cigarro en la otra. Debió haber sido muy bella, pero sus mejores años quedaron atrás. Había complicidad en sus miradas, tal vez en otra vida, él fue Rick Blaine y ella su Ilsa Lund antes de que la desgracia se cebara con ellos.

El camarero le despertó de su ensimismamiento con un whisky. – “Te invita ella”. De repente se imaginó estar besándola y saboreando su aliento a alcohol, probablemente terminarían teniendo sexo en el baño entre montañas de cocaína e igual al final volvería a acordarse de ella.

Ella. Ella fue el final de su vida: aquel puto polvo blanco le destruyó sus sueños. Ahora empezaba a recordarlo, unas rayas y el Mustang blanco del 74, y cristales rotos en el suelo de un baño, “¿No te parece un trato justo?”.

El camarero le resultaba familiar, tan anciano, con esa mirada cálida y ya casi apagada, deseando que su hijo vaya a verle en las postrimerías de la muerte, mientras el cáncer le destruye hasta la última célula. Pero su hijo no iba a venir, y seguramente él lo sabe.

La mujer le agarró suavemente de la mano y se lo llevó al baño, pasando delante de Sam, quién le dedicó una última mirada cargada de odio.

En el baño no había nada, absolutamente nada. Entonces la mujer le agarró de la nuca y le invitó a que dirigiese la mirada a un espejo del que no se había percatado.

  • ¿No te parece un trato justo? – le dijo.

Y entonces el cristal se partió en pedazos justo después de haber visto su rostro en él.

Y la salida ya no fue tan cálida cuando podía observar a los actores, mirar dentro de sus ojos y ver el dolor de aquellos padres que una vez perdieron a su hijo recién nacido cuando un desalmado puesto hasta arriba de cocaína les envistió con un Mustang blanco de 1974, saltándose un semáforo en rojo. A aquella familia que tardó años en dar con él y cortarle el cuello con un trozo de un espejo de un baño público el mismo día que iba a ver por última vez a su padre y decirle al oído, que a pesar de todos los años en los que renegó de él, aún lo quería. “Tú sangre por la de él, ¿No te parece un trato justo?”.

Y a su derecha se fijó en el último de los actores, tal vez el peor, aquel que llevaba tomando anotaciones toda la mañana mientras observaba fijamente a cada uno, aquel escritor venido a menos, que en algún momento de su vida decidió aprovecharse del trabajo de otros. Aquel que te ha contado esta historia.

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