Un presentimiento

Para Mari Tere Parodi,

regalo de Navidad

El día que la conocí estaba sentada, pequeñita, recogida, silenciosa, con una mirada de las que te miran, sin interferencias, con profundidad e interés.
Supe en ese mismo momento que era alguien conocido. ¿Cómo era posible si nunca la había visto en mi vida?
Hace unos días fuimos a dar un paseo por Madrid, la vi caminando de espaldas, un caminar alegre, como dando saltitos. Seguía siendo pequeñita, recogida y silenciosa. Me hablaba en un tono juvenil, lento, con palabras limpias y serenas. En un instante supe quién era. ¡Dios!, cómo no me había dado cuenta antes.
Cuando era pequeña, tendría yo cinco años, me mandaban a la finca de mis abuelos. Mi lugar preferido era lo que ellos llamaban la huerta, un lugar muy grande. Estaba lleno de castaños, manzanos, perales, higueras y un limonero. Lo llamábamos ‘el limonero’ porque solo había uno.
Me daban mi bocadillo de plátano con pan y me iba a la huerta. Por el camino iba dejando miguitas de pan para mi amigo Pulgarcito, hasta llegar a la sombra de uno de los castaños, el más grande. Bajo él crecían unos pequeños hongos. Yo decidí que eran mis hadas.
Me sinceraba con ellas, no me gustaba mi abuelo, le tenía miedo. Él quería más a sus animales que a mí; amaba de forma desmedida a sus docenas de vacas, ruidosas, tragonas. A media noche, siempre a media noche, alguna se ponía de parto y chillaba. Yo no quería oírlas, me metía migas de pan en los oídos. Deseaba con todas mis fuerzas que llegara la mañana para esconderme bajo mi castaño con mis hadas. Me secaban las lagrimas, me miraban fijamente y sus ojos me sonreían. Eran pequeñitas, alegres, frágiles, y listas muy listas.
Años más tarde me fui y ya nunca volví a ese lugar.
Mi tío Julius, que sabía mi historia con las hadas, me regaló una de cerámica vestida de rojo y verde, estaba sentada. Me dijo: “Nunca la pierdas, que siempre te acompañe”.
Hoy está sentada en la balda de mi baño; es el lugar que más le gusta, dice que está húmedo y huele a mi perfume.
Todas las mañanas hablamos, a veces mucho, otras poco.
Hoy la he contado que conozco a un hada de carne y hueso, que despierta mi ternura, mi bondad. Que siento ganas de abrazarla y, sobre todo, me encanta escucharla. Sus palabras son lentas, sentidas, honestas y creo que libres y valientes.
Mi hada de cerámica está contenta de saber que mi corazón, a pesar de la vida, haya reconocido a una hada de carne y hueso.

                                                                                  Manuela Alvarado

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