UN VIAJE

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Mis padres no sonreían. Yo iba detrás incordiando con el yo-yo para llamar su atención. Veía que mi padre se iba enfadando a cada kilómetro, pero por ahora no decía nada.

En el año setenta y cinco yo tenía cinco años y era pequeña y recogida como un souvenir, ocupaba poco espacio, al igual que mi hermano que era flaco. Los dos íbamos en el asiento de atrás con los abuelos, el gato y el canario. Sin cinturón de seguridad y sin aire acondicionado, pero pese al calor y lo apretado de la situación yo era feliz; llevaba mis zuecos nuevos, eran rojos. Me sentía como Dorotea en el Mago de Oz. No paraba de mirarlos yendo y viniendo con el traqueteo del coche porque me colgaban los pies.

Mi abuela era la encargada de las provisiones para el viaje: bocadillos, agua, una botella de Fanta recalentada por el sol, algún dulce por si acaso y una botella de colonia por si yo me mareaba, que era siempre. De hecho, entre las curvas, el yo-yo en movimiento y los zapatos que miraba fijamente con mis gafas en 3D, acabé como de costumbre, vomitando en el arcén.

–¡Ves! –le gritó mi padre a mi madre–. ¡Te dije que no le compraras ese yo-yo!

–¡Alguien los tiene que dejar ser niños! –contestó mamá con acierto–. ¡Entre el colegio y tu madre siempre encima de ellos, les falta aire para respirar!

Mi abuela ofendida me recogía el pelo. Yo vomitaba en tres dimensiones y alejaba los pies, no quería mancharme mis zuecos rojos por nada del mundo; eran de piel, con la suela de madera y hacían mucho ruido al caminar (como el que hacían los tacones de mi madre), no había nada mejor que eso.

Mis padres seguían gritando en el coche mientras que mi abuelo le tapaba los oídos a mi hermano. El canario cantaba y el gato maullaba. Mi abuela se puso tan nerviosa que me enganchó por el brazo con su mano llena de anillos y sus uñas nacaradas y tiró de mi con toda su fuerza para meterme en el vehículo .

El automóvil no tiraba por el peso, y es que parecía un chalet de dos pisos con todo lo que llevábamos en el maletero. Las bicicletas sobre el techo, sujetas con una goma, y una colchoneta de lona que no había manera de deshinchar y que mi padre quiso llevarse alegando –¡Qué no había mejor colchoneta en el mercado y que no pensaba dejarla en Madrid! –apuntaba con el dedo índice al cielo por si acaso Dios no se había enterado.

La discusión siguió unos cuantos baches más. Mi abuela me había mojado un pañuelo con colonia para que no me volviese a marear. Yo lloraba desconsoladamente y con hipo.

Dos horas después mi padre preguntó alterado:

–¿Se puede saber por qué esta niña no para de llorar?

–Porque no le gustan las discusiones –aclaró el abuelo.–Hija ya hace rato que no estamos discutiendo; para ya que llevas dos horas –dijo mamá.

Pero yo seguía derrochando lágrimas. Todas.

–Es que es muy sensible –suavizó la abuela.

 

–¡Ya estamos con la sensibilería! –soltó papá.

 

–¡¡¡QUÉ NOOOOO!!! ¡¡QUÉ NO ES ESO!! –Grité yo como una energúmena mirándolos a todos tras mis gafas bicolor.

Ellos se sorprendieron. Jamás le había levantado la voz a un adulto.

–¡MI ZUECOOOOOO! –seguí gritando.

–¡¡¡SE ME CAYÓ EN LA CARRETERA!!!

Vomité sobre el único zueco que me quedaba.

Cristina Hernández

Mago Blanco

Mago Blanco: Fº Javier Flores Nácar Administrador y Creador del "Grupo Si Estas Estoy y del programa de Radio-Online Sonidos Flamencos. Apasionado del Diseño Web, la música, la originalidad, las personas,, Un amigo si tu lo eres... Si Estas...Estoy...

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